Olga Carretero y los microplásticos

1.febrero.2019

Nací en un lugar de La Mancha hace unos cuantos inviernos. Como buena manchega, de secano, recuerdo la primera vez que vi el mar. Tendría 4 o 5 años y aluciné. Lo había visto en documentales y me habían hablado de él, pero nunca me imaginé el interés que me despertaría. Recuerdo mirarlo durante horas, esperando el instante exacto en el que dejara de moverse. Eso nunca pasó. Y no tengo muy claro si fue ahí donde decidí, que eso, es lo que iba a enfocar mi carrera profesional y mi vida.

En el instituto, sabía que iba a tirar por la rama de ciencias. Aunque fue mi profesor de biología, Antonio Sánchez, quien explotó esta semilla.

El día que comuniqué en casa, que quería estudiar ciencias del mar, mis padres se sorprendieron:

Pero hija mía, si no sabes nada del mar, si te pilla muy a desmano y ¿esa carrera para qué sirve?

Creo que a día de hoy, después de 10 años estudiando oceanografía, comienzan a entenderlo.

Y así fue como comencé esta aventura. Empecé mi carrera en Cádiz y de ahí di un salto hasta Alicante. Después llegué a Vigo donde cursé un máster en oceanografía. Y tocó enfrentarse al mundo laboral. La cosa estaba difícil, pero conseguí un contrato en el Centro Oceanográfico de Vigo del IEO. Gracias a este contrato conocí el trabajo que hace una oceanógrafa. Y la verdad, es que no es nada monótono. Ningún día es igual a otro.

El día que me ofrecieron ir a una campaña oceanográfica acepté sin pensarlo. Siempre quise embarcarme y esa era mi oportunidad. Asustada, con miedo al mareo, llegó el día. No sabía si iba a ser capaz de trabajar en ese ambiente. ¿Cómo iba a dormir con el balanceo?, ¿cómo sería la hora de comer?, ¿y si venía una ola gigante y perdía mi aparejo? Infinitas dudas y temores me asaltaban las horas antes al embarque.

Pero afortunadamente todo fue como la seda, descubrí que no me mareaba, que dormir es muy agradable y comer a bordo es toda una experiencia. Aún recuerdo un temporal con olas de nueve metros “comiendo” un caldo de cocido. La vida a bordo me encantó, pasaba horas trabajando, aprendiendo. Siempre que podía salía a cubierta a observar el mar. Algunas veces te regalaba una espectacular puesta de sol, otras una familia de delfines y me di cuenta de que estaba hecha para esto. Así que me aventuré a la carrera investigadora. Solicité una beca para hacer el doctorado con Jesús Gago y Lucía Viñas y actualmente hago la tesis con ellos. Me dedico a estudiar la contaminación marina por microplásticos en sedimentos y agua de mar.

Y bien, ahora os contaré a lo que me dedico en mi día a día. A parte de las campañas (que para mí es la mejor parte), el trabajo de una investigadora consiste en muchas cosas. Primero tienes que hacer revisiones bibliográficas periódicas para conocer lo que hacen el resto de colegas que trabajan en lo mismo por el mundo. Después tienes que planificar los experimentos. Esto es más complejo. Necesitas saber dónde quieres recoger las muestras, con qué aparejos y con qué finalidad.

Como estoy evaluando el estado de contaminación por microplásticos, sería conveniente primero definir qué son. Todos conocemos los plásticos, pero ¿qué son los microplásticos? Pues bien, son trozos de plásticos que se han ido degradando y fragmentando por la acción de los procesos que tienen lugar en el océano. Cuando son muy pequeños los llamamos microplásticos. Concretamente los que a mi me interesan son los menores a 5 mm.

Como la revolución de este material es relativamente reciente, ya que su producción comenzó en los setenta, a día de hoy se tiene muy poca información de los efectos que pueden causar en los ecosistemas marinos.

Una vez tienes claro esto, vamos al mar a recoger las muestras. De nuevo en tierra comienza la parte analítica. Junto con mis compañeros de Vigo, extraemos los microplásticos de los sedimentos y del agua de mar. Y con todos esos resultados generamos artículos científicos y los exponemos en revistas, congresos y charlas, pero esto ya os lo podéis imaginar.

Así que actualmente esta es mi vida y, como este blog es parte de la divulgación, me gustaría contagiaros de mis ganas por la conservación de los océanos y concienciaros del valor y la importancia que tienen para nuestra vida. Y que mejor para cerrar este post que una frase de la máxima referente oceanográfa, Sylvia Earle: sin océano, no hay vida; sin océano, no existimos”.

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