Luisa

Luisa de la Vega: pionera ilustradora de los animales marinos

1.diciembre.2021

El papel de la mujer en la ciencia y en las actividades complementarias, ha sido un tema controvertido durante gran parte de la historia. Muchas fueron las mujeres que gracias a su perseverancia, a sus métodos, en su gran mayoría, autodidactas, y su motivación personal por aprender, construyeron la vanguardia de este país. Sin embargo, es relativamente escasa la cantidad de información que revela la labor de estas mujeres en el plano científico, reforzando así la idea de la invisibilidad comparativa que históricamente han sufrido en este y otros ámbitos.

Nuestra protagonista, María Luisa de la Vega Wetter (París, 1862 – Madrid, 1944) (Figura 1) fue una de esas mujeres pioneras en las ciencias del mar en una época en la que la investigación marina se vinculaba, principalmente, a la figura masculina. Mujer culta, de ingente educación, fue muy admirada entre quienes la conocieron. Trabajó, prácticamente durante toda su vida, como ilustradora de las obras de destacados naturalistas marinos y terrestres. Su afán por aprender y comprender las pautas del mundo natural la convirtieron en una gran ilustradora científica en zoología y botánica, cuyas detalladas y rigurosas imágenes fueron un complemento imprescindible en las publicaciones científicas y divulgativas de las primeras décadas del siglo XX.

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Figura 1: Retrato de Luisa de la Vega / © Museos de Cantabria

Además, su vinculación a la Institución Libre de Enseñanza resalta su figura, no solo en el campo de la ilustración científica, sino también en el de la educación de la mujer y la libertad de pensamiento. Siempre dispuesta a ayudar, Luisa de la Vega ejercerá como profesora en distintas instituciones y con el anhelo de, algún día, establecer una escuela para niñas donde se eduque en libertades y valores de igualdad.

VIDA PRIVADA. SU FAMILIA.

Su padre, Federico de la Vega, originario de Jerez de la Frontera (Cádiz), fue un periodista, escritor y corresponsal de prensa extranjera que emigró a París, donde vivió gran parte de su vida. Allí conoció a Emilia Wetter, francesa de origen alsaciano-alemán, con quien se casó en segundas nupcias. Fruto de su matrimonio nació, en 1862, Luisa de la Vega.

En esta época de mediados del siglo XIX, las niñas alrededor de los 13 años ya abandonaban la escuela y la poca instrucción que recibían era en casa. A pesar de ello, Luisa tuvo la suerte de tener a su lado a su madre, Emilia Wetter, quien le imprimió un carácter bastante fuerte y le incentivó a estudiar, aprender y a interesarse por la naturaleza. Así Luisa pudo llegar a estudiar magisterio en París.

Su futuro marido, el naturalista Augusto González de Linares (1845-1904) (Figura 2) fue una figura muy relevante en su vida, tanto personal como profesionalmente. González de Linares, catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela, es expulsado de la cátedra como consecuencia de la segunda cuestión universitaria decretada en 1875. A pesar de ello, la estrecha relación que le unía a Francisco Giner de los Ríos le proporciona la oportunidad de viajar a París y a diferentes estaciones de biología marina en Europa.

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Figura 2: Retratos del Augusto González de Linares y Luisa de la Vega.

En 1880, González de Linares se encuentra trabajando en el Laboratoire des recherches de la Section de Botanique du Museum de París cuando recibe la noticia de que ha sido padre de una niña, fruto de una relación extramatrimonial con una mujer casada. En distintas cartas enviadas a Giner de los Ríos manifiesta su desesperación en relación con este hecho. Sin embargo, un nuevo horizonte se abre ante los ojos de Linares cuando, en 1881, en una visita a un pariente cercano, Federico de la Vega, conoce a Luisa, hija de este, con la que se casará ese mismo año.

Luisa de la Vega se convirtió enseguida en la persona que Linares necesitaba a su lado. En una nota necrológica sobre su marido redactada por Salvador Calderón en junio de 1904, el autor declara sobre Luisa que era una “dama admirable por todos conceptos, que ha sido durante largos años la compañera fiel y cariñosa del sabio en su vida de luchas y afanes, la auxiliar de sus trabajos, dentro del santuario mismo de su laboratorio, la mujer abnegada, cooperadora activa y modesta en la obra del hombre a quien unió su destino”.

Además de hacerse cargo de María (París, 1881-1911), la hija de Augusto, Luisa tendrá también dos hijos propios con el naturalista: Antonio (Concarneau, 1884 – Madrid, 1947) y Genara (Madrid, 1887 – Madrid, 1979).

VIAJES Y APRENDIZAJE. LA ESTACIÓN DE BIOLOGÍA MARINA DE SANTANDER Y EL MUSEO NACIONAL DE CIENCIAS NATURALES.

Una Real Orden con fecha de 30 de julio de 1886 permitirá a González de Linares formarse en la Estación de Biología Marina de la ciudad de Nápoles. Luisa acompaña a su marido y será aquí donde comience a adentrarse en el mundo de la pintura y la ilustración científica de los animales del mar.

A pesar de no tener una formación académica previa, la perseverancia y el afán por aprender y descubrir de nuestra protagonista serán la base de su desarrollo como ilustradora. En Nápoles aprenderá dibujo y acuarela, y establecerá los cimientos que más tarde pondrá en práctica en todos sus trabajos. En una carta fechada en 1887, González de Linares comunica a Giner de los Ríos: “Luisa aprende formas, dibuja las que observo, y además estudia dibujo y acuarela con el dibujante de la Estación, el Sr. Merculiano, que le da lección particular pagada”.

Los inicios profesionales de Luisa de la Vega como ilustradora científica se vinculan al establecimiento de la Estación de Biología Marina de Santander fundada por su marido en 1886 y establecida físicamente en la capital cántabra en 1889 (Figura 3). En 1907 se construye un pabellón adosado donde se instalará el museo, ampliándose tiempo después con un modesto acuario y en 1922 en Laboratorio Oceanográfico.

Figura 3: Grupo en la escalinata de la Primera sede de la Estación: Augusto González Linares, Luisa de la Vega, Antonio Linares, José Rioja y Martín, Eugenio Muñoz, un ayudante de éste, Madrid Moreno, Julián Fresnedo y mozo del laboratorio. © Museo Nacional de Ciencias Naturales. ACN003/002/07684

En el caso de Luisa de la Vega, como en otros muchos ejemplos comparables, el acceso de las mujeres a labores relacionadas con la ciencia y la investigación dependía de vínculos con un científico varón con el que colaboraban en tareas consideradas auxiliares, siendo la relación matrimonial y la ayuda a sus maridos una de las formas más típicas de este patrón social. Con lo que Luisa va a alternar su trabajo como auxiliar artístico en la Estación con el cuidado de la casa y de sus hijos.

Luisa llega a España sabiendo tres idiomas, cosa rara para una mujer española en aquel momento. A pesar de su excelente currículum no pudo acceder a una formación científica ya que para cursar estudios superiores se debía pedir permiso a la autoridad competente, requisito que se mantuvo hasta 1910. Sin embargo, su habilidad artística, sobre todo en el dibujo y la acuarela, unida a sus conocimientos en pedagogía y filosofía, llevan a González de Linares a considerarla parte fundamental en la Estación (Figura 4), que a comienzos del siglo XX dependerá administrativamente del madrileño Museo Nacional de Ciencias Naturales. Por ello, desde el 4 de octubre de 1900 formará parte del personal adscrito a ese Museo en calidad de auxiliar artística interina ilustrando la fauna y la flora que llegaban a la Estación y que permitiría un estudio más detallado de la anatomía de las especies. Sin embargo, al no tener la titulación correspondiente (Licenciado o Doctor en Ciencias Naturales) solo pudo ejercer su plaza un año, momento en el que quedó cubierta la plaza por un titular. A pesar de todo, eso no le frenó y prosiguió en su labor colaborativa con la institución plasmando en sus láminas los ejemplares de la fauna marina recogidos en las costas santanderinas.

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Figura 4: Luisa de la Vega trabajando en su despacho de la Estación Biológica de Santander. © Museo Nacional de Ciencias Naturales. ACN003/002/07808

En torno a 1902, González de Linares obtiene una cátedra en la Universidad Central de Madrid, y tiene que trasladarse allí durante unos meses. Además, le ofrecen dirigir una sección en el Museo Nacional de Ciencias Naturales y Luisa le acompaña, tras lo cual llegará a obtener una plaza como dibujante auxiliar en el mismo Museo usando sus trabajos en Santander como carta de presentación.

LA INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA Y LA FUNDACIÓN SIERRA-PAMBLEY

Luisa también participó en tareas docentes de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). Según Enrique Serrano Fatigati, Luisa de la Vega fue “una mujer de talento, de corazón y de cultura superior” que logró proyectar su amor por la ciencia y la enseñanza a todo aquel que se cruzara en su camino.

Tras la muerte de su marido, el 1 de mayo de 1904, la falta de subvenciones para mantener la Estación y la complicada situación económica que vivía la familia Linares en ese momento llevaron a Luisa a ejercer como profesora, generalmente de francés, e incluso a acoger a una o dos niñas de pensión. Francisco Giner de los Ríos propuso a Luisa viajar a Villablino, un pueblo de la provincia de León, para colaborar con la formación agrícola impartida por la Fundación Sierra-Pambley, una entidad muy cercana a la Institución Libre de Enseñanza. La ilustradora se traslada a esa localidad leonesa junto a su hija Genara, quien a sus 17 años logra ser la primera mujer en conseguir el bachillerato en León. Con Juan Alvarado, un afamado profesor de Villablino, y amigo de la familia, acabará casándose en 1907.

Además, apoyada por la mencionada ILE, Luisa llega a ejercer como profesora de francés, comercio y matemáticas en la Escuela de Enseñanza Mercantil y Agrícola que había fundado Alvarado, con la esperanza de poder reunir algún día los medios económicos necesarios para abrir una escuela para mujeres en Sierra-Pambley. Durante esos años seguirá vinculada a la Estación de Biología Marina de Santander como acuarelista.

Será por fin en 1910, concretamente el 9 de marzo, cuando se derogue la Real Orden de 1888 que no permitía la entrada de las mujeres al bachillerato ni a la universidad sin consulta previa “a la Superioridad”. La nueva Real Orden, publicada en la Gaceta de Madrid, abrirá definitivamente la puerta a la educación superior de las mujeres, en igualdad con los hombres.

Finalmente, en 1913, se establece la sección de niñas en Sierra-Pambley donde Luisa trabajará como profesora junto a su hija Genara, que abandonará durante un tiempo sus estudios universitarios en Ciencias Naturales en Madrid.

Luisa mantendrá estrechos lazos con los miembros de la Institución Libre de Enseñanza, reflejado años más tarde con la creación en Madrid de la Residencia de Señoritas (1915-1936), considerado el primer centro oficial en España para la formación superior de las mujeres, donde coincide con María de Maeztu.

A la muerte de su marido (Alvarado) en 1914 y después de unas cuantas idas y venidas de León a Madrid y viceversa, Luisa es comisionada otra vez a través de la Junta para Ampliación de estudios (JAE) y viaja a Francia, Bélgica y Suiza. Asimismo, asistirá a varios congresos relacionados con la agricultura y las artes domésticas hasta que en 1916 regresa a Madrid para ejercer como profesora en el Instituto Escuela, relacionado con la ILE.

En 1923 consigue un puesto de auxiliar de dibujante en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, donde coincide con Josefa Sanz Echeverría, otra pionera en las ciencias del mar, para la que trabajará ilustrando las láminas de sus obras sobre otolitos de peces (Figura 5). Situación que abre un ámbito de colaboración plenamente femenino que resulta novedoso en la época.

Asimismo realizó dibujos para Enrique Rioja colaborando a su vez en las obras de su padre, José Rioja, particularmente centrándose en las publicaciones sobre poliquetos marinos.

otolitos

Figura 5: Ilustración de Luisa de la Vega en una publicación de Josefina Sanz de 1928 en el Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural.

Luisa de la Vega continuó durante el resto de su vida con su labor de ilustradora, siendo parte fundamental en el desarrollo y difusión de las ciencias naturales españolas y colaborando en tareas docentes relacionadas con la Institución Libre de Enseñanza hasta su fallecimiento en 1944.

UNA MUESTRA DE SUS ILUSTRACIONES CIENTÍFICAS

Muchas de las obras artísticas originales de Luisa de la Vega se custodian actualmente en el Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Podemos comprobar cómo dichas láminas reflejan la ardua y meticulosa tarea que realizaba la artista, plasmando gráficamente en sus trabajos todos los detalles característicos de los ejemplares biológicos que le encargaban dibujar.

En base a la colección de láminas pertenecientes a ese archivo se han podido establecer cuatro grandes grupos provisionales: botánica, peces marinos, invertebrados poliquetos y otros invertebrados marinos.

A continuación se expone una pequeña selección de las mismas para poder analizar con fidelidad sus características originales:

 

LÁMINAS BOTÁNICAS

botánica

IZQUIERDA: Perejil marino (Crithmum maritimum) (ACN110D/003/08962) y DERECHA: Planta borraginácea (ACN110D/003/08961) © Museo Nacional de Ciencias Naturales

 

LÁMINAS DE PECES MARINOS

peces

DE IZQUIERDA A DERECHA Y DE ARRIBA A BAJO: Pez abisal (Barathrites iris) ACN110D/003/08964; Pez sola (Opisthoproctus soleatus) ACN110D/003/08963; Pintarroja (Scyliorhinus canicula) ACN110D/003/08966 y rubio (Chelidonichthys lucerna) ACN110D/003/08965. © Museo Nacional de Ciencias Naturales.

 

LÁMINAS DE POLIQUETOS

Gusanos

DE IZQUIERDA A DERECHA: Vista lateral del poliqueto Dasybranchus caducus (ACN110D/003/08969); anatomía del poliqueto Chaetopterus sp. (ACN110D/003/08975); vista lateral del poliqueto Amphitrite rubra (ACN110D/003/08971) y vista dorsal de la cabeza de un poliqueto nereídido (ACN110D/003/08970). © Museo Nacional de Ciencias Naturales.

 

LÁMINAS DE OTROS INVERTEBRADOS MARINOS

invertebrados

DE IZQUIERDA A DERECHA: vista lateral de un copépodo Oithona plumifera (ACN110D/003/08996); lirio de mar (Antedon sp.) (ACN110D/003/08989); vista ventral y dorsal de una estrella de mar (Marthasterias sp.) (ACN110D/003/08988) y vista dorsal de un turbelario (Thysanozoon brocchii) (ACN110D/003/08997). © Museo Nacional de Ciencias Naturales.

 

Algunos apuntes técnicos

Luisa logra con sus dibujos que, mediante la observación analítica, se informe con detallada exactitud del objeto a estudio. La técnica más utilizada por la artista en sus ilustraciones es el dibujo a plumilla, ejecutado en tinta generalmente negra, mediante la cual consigue resaltar cada mínimo detalle que ayude al estudio morfológico.

Además del tipo de técnica también se aprecian varios tipos de papel, algunos duros y de textura lisa (quizá copias recortadas de publicaciones impresas). Otros de papel fino, resquebrajado por los bordes y de colores más oscuros que reflejan los materiales de la época, así como su antigüedad.

En algunos dibujos se aprecian técnicas especiales, como los punteados, y otros son borradores y bocetos a lápiz. Una singularidad resaltable es la manera en la que Luisa de la Vega va cambiando la firma de sus obras a lo largo de su carrera (Figura 6). Entre las láminas que se encuentran en el Archivo del MNCN aparecen un total de cinco firmas diferentes:

firmas

Figura 6: Algunas de las diferentes firmas que aparecen en las ilustraciones de Luisa de la Vega.

 

Comentarios finales

La opinión de los científicos contemporáneos, de especialmente aquellos con los que colaboró, respaldaba de modo muy explícito la calidad de su trabajo, que mereció numerosos elogios precisamente en cuanto a su capacidad para plasmar eficazmente los objetos naturales representados y servir así al propósito científico de las publicaciones a las que acompañaban, a pesar de que ese reconocimiento se mantuviese en círculos más bien restringidos. A pesar de ello, el puesto más alto al que pudo aspirar fue el de auxiliar artístico, de modo que sus circunstancias vitales fueron precarias y, como muchas otras mujeres colaboradoras de la ciencia, pero sin titulación científica, se mantuvo alejada del protagonismo de los investigadores de carrera.

De todo ello, y de nuestro propio análisis, podemos concluir diciendo que su labor no fue meramente auxiliar, y mucho menos decorativa, sino que sus ilustraciones formaron parte esencial del trabajo científico, que requiere presentar y publicar de modo adecuado los resultados obtenidos en la observación detallada de cada ejemplar.

Sin embargo, históricamente el reconocimiento y la valoración de esa labor han sido insuficientes y es por ello por lo que resulta importante profundizar en la biografía y en la trayectoria de estas grandes mujeres.

Al final, debemos comprender que silenciar la labor de las auxiliares de las investigaciones como parte decisiva de la historia de la ciencia sería como leer un libro con páginas arrancadas.


Por Sandra Álamo Poza

Agradecimientos

A Pablo Lozano por darme la oportunidad de ser parte del proyecto “Oceánicas” mediante la redacción de este artículo y así contribuir a dar visibilidad a estas brillantes mujeres de la ciencia.

A Juan Pérez-Rubín por su ayuda, sus consejos y por contar conmigo para este interesante e importante propósito.

A Santos Casado de Otaola por guiarme e instruirme en la realización de mi Trabajo de Fin de Grado “Mujeres e ilustración científica en la historia de la biología: tres casos de ilustradoras en la España del siglo XX”, a partir del cual ha sido, en gran parte, posible la redacción de esta biografía.

Al personal del Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid por brindarme la oportunidad de acceder al Archivo y observar de primera mano las ilustraciones de Luisa de la Vega.

Un proyecto de:
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Con la colaboración de:
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