Anita Conti en los caladeros de Groenlandia, Terranova, Labrador y África

28.febrero.2019

Pesca, oceanografía, arte y divulgación


Por Juan Pérez-Rubín

 

“El mar es un espejo que nos devuelve a nuestra propia ignorancia”, Anita Conti

 

Figura 1.- Anita Conti (1899-1997): una larga e intensa vida para una película.

 

La aventurera y polifacética Anita Caracotchian (1899-1997), de vida casi centenaria, nació en el seno de una familia acomodada y viajera, muy abierta a las diferentes culturas y costumbres de los países visitados. Era hija de la francesa Alice Lebon y de un renombrado cirujano turco de origen armenio. Más tarde conocida con el apellido de su marido el diplomático Marcel Conti y el apelativo de “La Dama del Mar”. Apasionada de la exploración y enamorada del océano en todos sus aspectos, está considerada en Francia como su pionera de la oceanografía pesquera y precursora de la fotografía y cinematografía marítima femenina. Desde su juventud escribió poesía, obra inédita hasta una antología publicada en 1996. Publicaba artículos en revistas para mujeres (como Éve, le journal idéal de la Femme), sin recurrir a los tópicos asuntos de moda o cocina, y en uno de sus textos se queja de las malas condiciones sanitarias en los parques de ostricultura de Bretaña. Su interés por la fotografía se desarrolla principalmente a partir de 1917 durante sus viajes por la costa atlántica, afición que se convirtió en profesión y la practicó hasta el final de sus días, junto con la filmación de reportajes.

Con el tiempo se convirtió en naturalista y antropóloga autodidacta, fue una de las primeras divulgadoras a la sociedad de las pesquerías de altura y de la durísima vida de los pescadores y marineros en los buques, a través de entrevistas radiofónicas y conferencias, y mediante múltiples publicaciones: docenas de fotografías personales, una trilogía de libros emblemáticos, y numerosos artículos en revistas populares y especializadas, como l’Illustration (“Comment on découvre un nouveau fond de pêche”, “Sur les champs de peche et sur les champs de mines”, “La pêche sur le front de mer”, etc.); Mer et Colonies, de la Liga Marítima y Colonial Francesa (“Batiments de pêche et défense littorale”) y Neptunia, de la Asociación de Amigos del Museo de la Marina (“Requins”, “La vie obscure des bêtes océaniques”, “La Centième nuit à l’Ile de l’Ours”, “Hivernage au Pays des Eaux”, “Nuit de mer profonde”…).

Figura 2.- Portadas de varias revistas donde aparecieron artículos divulgativos de Anita Conti durante el período 1934-1961.

Sus mencionados tres libros sobre pesquerías recibieron diferentes premios literarios y se tradujeron a varios idiomas. Publicados originariamente en los años 1953 (Râcleurs d’océans, Terre-Neuve, Groënland, Labrador), 1957 (Géants des mers chaudes) y 1971 (L’Océan, les bêtes et l’homme. Ou l’ivresse du risque). Esas primeras ediciones son consideradas joyas bibliográficas para sus admiradores y los investigadores interesados en la historia de la pesca y la vida de los bravos pescadores europeos en los antiguos caladeros ultramarinos. Aunque esos tres libros han contado con sucesivas reediciones francesas, principalmente entre 1992 y 2017, el más antiguo –sobre su campaña de 1952 en el bacaladero ‘Bois Rosé’– es el que ha tenido mayor éxito editorial en el país vecino hasta nuestros días, con siete reediciones, y se tradujo en 1955 al español (Surcadores de océanos) e inglés (Deep Sea Saga). Cinco reediciones ha tenido su segundo libro, sobre las pesquerías africanas y los “gigantes” de sus aguas cálidas (tiburones martillo y tigre, manta-raya o pez sierra), y dos el último (El océano, las bestias y el hombre). Éste, publicado cuando la autora tenía más de 70 años de edad, se convirtió en su testamento como divulgadora científica, naturalista y ecologista, aunque para el lector actual resulta algo abigarrado. Del subtítulo del libro (“La narcosis de riesgo”) se ocupó en el último capítulo y se cuestionaba: ¿Qué vamos a hacer con el océano?, teniendo en cuenta que los medios del hombre han superado sus propias medidas y la opinión del profesor Maurice Fontaine sobre “El valor humano de la oceanografía”.

Figura 3.- Cubiertas de las primeras ediciones de sus tres libros emblemáticos sobre las pesquerías de ultramar: en francés, años 1953 (Râcleurs d’océans), 1957 (Géants des mers chaudes) y 1971 (L’Océan, les bêtes et l’homme); y español (1955, Surcadores de océanos).

 

Los inicios de su carrera científico-técnica

Las primeras investigaciones europeas modernas en los caladeros de bacalo del Atlántico Norte fueron las del eminente oceanógrafo francés Édouard Le Danois (1887-1968), director del entonces organismo estatal responsable de la administración científico-técnica de las pesquerías: la “Office Scientifique et Technique des Péches Maritimes” (OSTPM), precursora del actual IFREMER. En aquellas prospecciones estuvo acompañado del marino militar Lucien Beaugé (1879-1958) –sucesivamente capitán del buque oceanográfico ‘Président-Théodore-Tissier’ y profesor en la Escuela Superior de las Pesquerías de Quebec–, y sus modélicos estudios y cartografiado de los fondos de los caladeros (“los mas hermosos mapas de pesca de los mares fríos”) facilitaron notablemente el trabajo de las nuevas generaciones de capitanes de buques de altura, al permitirles, a través del uso sistemático de sondas eléctricas y termómetros, explorar con mayor seguridad los caladeros frecuentados por el bacalao y especies afines.

Figura 4.- Arriba: Anita Conti integrada en el equipo de oceanografía pesquera de la OSTPM (1935-1939), a bordo de un barco y flanqueada por el comandante Lucien Beaugé (izquierda) y el científico Édouard Le Danois (derecha). Abajo: tarjeta postal del buque de investigación ‘Président-Théodore-Tissier’ maniobrando con una torre de inmersión individual resistente hasta 800 metros (editada por el ‘Comité National de L’Enfance’, con fotografías de A. Conti).

El primer embarque de Anita Conti en buque pesquero fue en el ‘Ville d’Ys’ en los bancos de Terranova y, gracias a sus primeros artículos sobre el mundo de la pesca en el diario La République, contactó con ella el mencionado experto É. Le Danois. Contratada por la OSTPM inicialmente en 1935 para las relaciones con la prensa y la realización de reportajes fotográficos, embarcó en el ‘Président-Théodore-Tissier’, primer gran buque de su país dedicado a la investigación oceanográfica y pesquera. También se enrolaría en esa primera etapa como observadora técnica en diversos buques pesqueros que faenaban en el golfo de Vizcaya, Mar de Irlanda y Canadá; encargándose de la descripción práctica de esas pesquerías con miras a su mejoramiento y optimización científico-técnica, así como participando en la elaboración de las primeras cartas de pesca actualizadas de esos caladeros. Lamentablemente, desde los preparativos de la II Guerra mundial la OSTPM no pudo continuar financiando las campañas científicas de prospección pesquera y Anita Conti embarca en 1939 en buques de la Armada de diferente porte y en embarcaciones de pesca de arrastre, convirtiéndose en la primera mujer en trabajar en un buque militar de la Marina de su país en tiempo de guerra, participando en cruceros para recuperar y desactivar las minas magnéticas alemanas en el Mar del Norte y Canal de la Mancha. Desde ese mismo año, hasta su abandono temporal de esa institución científica en 1943, trabajó como observadora científico-técnica en diferentes buques pesqueros, como el bacaladero ‘Vikings’ por las aguas del Mar de Barents y Spitzberg durante tres meses (junio-septiembre de 1939) y durante el conflicto bélico en aguas africanas (años 1941-1945), comenzando con el arrastrero ‘Le Volontaire’ y otras embarcaciones que faenaban en los caladeros de Mauritania, área muy peligrosa donde cinco pesqueros fueron torpedeados o chocaron con minas.

El paréntesis africano (1941-1945)

Figura 5.- Captura y descarga de dos especies “gigantes” de las aguas africanas [A. Conti, 1957].

En esos últimos años se despertó su vocación africanista, que se extendería durante un quinquenio, y se involucró en un proyecto reformista para contribuir al desarrollo y gestión de la pesca en los ocho territorios que constituían el África Occidental Francesa, actualmente englobando a Mauritania, Senegal, Mali (ex Sudán francés), Guinea, Costa de Marfil, Níger, Burkina Faso (Alto Volta) y República de Benín (Dahomey). Los habitantes nativos de la costa y de las riberas fluviales y lacustres estaban generalmente mal nutridos, los pescadores locales empleaban técnicas de pesca demasiado primitivas y rudimentarias, con algunos sectores costeros infestados de diferentes especies de peligrosos tiburones, que en aquellos tiempos se consideraban “monstruos” y “alimañas dañinas para el hombre y la pesca”. Se consideraba necesario perseguirlos de forma implacable, tal y como los ganaderos de los países “más desarrollados” actuaban durante siglos contra las aves rapaces, lobos, zorros y osos. Nuestra biografiada organizó y mejoró la gestión de las pesquerías costeras artesanales, formando a los pescadores y proponiendo mejoras técnicas, tanto en la captura como en la conservación del pescado, con el secado y ahumado de determinadas especies, instauró una pesquería de tiburones y revalorizó el interés de su hígado por ser particularmente rico en vitaminas. Su antiguo director científico, E. Le Danois, recordaba aquellos tiempos:

“Encargada de una misión para contribuir al desarrollo de la pesca en el Africa negra, efectuó, a través de la selva, del bosque y los pantanos, inverosímiles travesías desde Mauritania a Dahomey. Navegó en piraguas con remeros de duros dientes de caníbal, habló con los jefes negros, incitó a los indígenas a ahumar el pescado, construyó hornos y fundó en Konakry una estación experimental. En 1945 utilizó sus observaciones para crear en la Guinea una sociedad dedicada a la pesca de los tiburones e hizo a esos monstruos marinos una guerra sin cuartel, navegando de día y noche a lo largo de las costas sin más compañía que la de los negros reclutados quién sabe dónde. La aventura africana duró cinco años. Su robusta salud triunfó de las enfermedades y de las fiebres perniciosas surgidas de las pestilencias de los trópicos”.

Las renovadoras experiencias desarrolladas en la explotación y gestión de las pesquerías africanas florecieron durante los primeros años pero acabaron cayendo nuevamente en el letargo, como ella misma reconocía a principios de los años 50, recordando aquella satisfactoria etapa de su vida:

“Desde 1941 me había interesado el África negra, pero habiendo seguido milla tras milla, en chalupas, piraguas, hidroaviones, canoas, camellos, hamacas, a caballo y a pie el litoral africano desde Casablanca hasta la Costa de Oro, he comprendido muy bien que los años africanos equivalen a edades geológicas… son como los años de que nos hablan las sagradas escrituras ¡Y yo volveré al África negra!”.

Figura 6.- Pesquerías africanas de tiburones, estudiadas por Anita Conti (en la foto central). La mandíbula abierta pertenece a un tiburón-tigre (Galeocerdo cuvier) y los restos de los glúteos son de un joven hospitalizado después de sufrir un único mordisco de un seláceo [A. Conti, 1957].

Figura 7.- Muestra de fotografías de Anita Conti sobre la diversidad de familias pescadoras (progenitores, jóvenes y niños) de los entonces inmensos territorios del África colonial francesa [A. Conti, 1957].


En los caladeros de Groenlandia, Terranova y Labrador

Deseosa en 1952 de volver a ver los paisajes helados de los mares boreales, partió a bordo del moderno pesquero ‘Bois-Rosé’, con motor diésel de 1.300 caballos, que durante cuatro meses navegó por aquellas latitudes. Obtuvo más de 5.000 fotografías y en su camarote comenzó a componer su primer libro, que vería la luz al año siguiente, en 1953 (Râcleurs d’océans, Terre-Neuve, Groënland, Labrador). En el prefacio del libro nuevamente su antiguo jefe científico valora la obra y resume sus impresiones sobra la valiente autora y las duras condiciones de trabajo, a pesar de desarrollarse en modernos y bien equipados buques:

“El mar sigue siendo implacable. Las nieblas, las tempestades y los hielos están siempre presentes. El trabajo es rudo y las horas de descanso muy raras. Hay que haber vivido a bordo para comprenderlo. Yo he navegado de un lado al otro durante el curso de cinco campañas en Terranova, en tiempo de los veleros y en el de los buques modernos, y jamás pude sospechar que una mujer osara intentar esta misma aventura. Mas no hay que asombrarse de nada, cuando se trata de Anita Conti. Ha llevado hasta el extremo su pasión por el peligro y su amor a la navegación. Marinera desde su más tierna infancia, a bordo de pequeños yates o barquitos de poco calado, su pasión por la pesca no conoció límites cuando tomó parte en los cruceros científicos de los buques de la Oficina de Pesca Marítima.

En 1952 ha compartido la vida de los rastreadores de los océanos y la ha descrito. Este libro es de un extraordinario realismo. En cada línea se evoca el mundo polar. El paisaje de Groenlandia, recuerdo milenario de pasadas épocas, forma el fondo de la decoración.

A bordo, los hombres no han cambiado desde la época de los vikingos y Anita Conti los ha descrito, maravillosamente rudos, valientes y tenaces. Las cóleras de los océanos les dejan impávidos, ignoran el miedo, y cuando el témpano no desemboca en un remolino de cataclismo puede incluso servirles de boya y ayudarles en la maniobra. Solo la dureza de la victoria les produce emociones violentas y los pescadores saltan de alegría cuando la red es izada rebosante de preciosos bacalaos. Entonces las gentes de Fécamp muestran la alegría profunda de robarle al mar, de arrancarle su riqueza viva; y bajo el puente, chorreante de la sangre de los peces decapitados, se va acumulando en la bodega el botín adquirido en el peligro y en el trabajo. Este libro no es, ciertamente, una novela, sino una crónica diaria, fiel y exacta, que relata la vida y los hechos de los marinos, los cuales, con una férrea disciplina, ponen sus cualidades y sus tradiciones profesionales al servicio de una de las necesidades materiales más imperiosas de la economía moderna: la alimentación humana”. [Éd. Le Danois, 1953].

Figura 8.- Fotografías y diagrama explicativo de Anita Conti en 1952, publicados en su primer libro sobre esa campaña bacaladera en el moderno pesquero ‘Bois-Rosé’ (1953, Râcleurs d’océans, Terre-Neuve, Groënland, Labrador); traducido en 1955 al español (Surcadores de océanos) e inglés (Deep Sea Saga) [A. Conti, 1953, 1955].

En su libro, Anita aclara al lector sus cometidos técnicos a bordo y su labor de documentación como fotógrafa y cineasta:

“Estoy a bordo de uno de los más bellos buques bacaladeros franceses y mi tarea consiste en observar los medios actuales de detección y captura del pescado; y los de transformación y utilización de la masa total capturada […]. Buscando cuales serían las mejoras que pudieran efectuarse a bordo de los barcos nuevos.

A título de documentación, debo tomar las fotografías en negro y en color, y registrar cerca de 1.000 metros de película de 16 mm en color. Todas estas imágenes, fijas o animadas, tienen por objeto precisar los métodos y las condiciones de trabajo en un buque factoría salador”.

En la práctica su trabajo consistió en mucho más, pues hojeando su libro comprobamos que durante la navegación va registrando las profundidades que marca la sonda, las características de los fondos, las temperaturas del agua…; con múltiples anotaciones de interés biológico-pesquero en los diferentes caladeros recorridos, encontrando en los más someros que “el bacalao parece seguir en formaciones compactas la línea de 62-65 m de profundidad, se la pierde a los 70”. En algunos lances se encuentran ejemplares con longitud media que no sobrepasa los 40 cm, que ella infiere tienen unos 4 años de edad, junto con individuos que triplican esa talla.

Las profundidades máximas del arrastre se adaptaban a las distintas características de los fondos, aunque generalmente se extendieron entre los 60 y 300 metros, manteniéndose la red dragando los fondos a una distancia aproximada de 900 metros de la popa del buque [Diagrama Figura 8]. Se consideraban capturas favorables al menos los que proporcionaban más de 300 toneladas de captura con poco volumen descartable de “pescado falso”. Era patente la variabilidad geográfica de las capturas diarias, tras 11 horas de trabajo, pues durante algunas jornadas solo ingresaban 5 toneladas de pescado “útil” en las bodegas, mientras que en los fondos de Groenlandia consiguieron volúmenes muy elevados y constantes durante catorce días: bajaron a la bodega cada 24 horas una media de 14.500 kilos de carne fresca. En el Labrador obtuvieron, en un lance en 170 metros de fondo, unas 8 toneladas de pescado en solo dos horas de arrastre (a velocidad de 2-3 nudos, recorriendo 7 millas/13 km), aunque aproximadamente la mitad de la captura compuesta de bacalaos pequeños y se descartó 1/3 de la misma que volvió al mar.

Valga como ejemplo de una estimación suya sobre la producción industrial a bordo el caso de una redada obtenida en aguas de Groenlandia: de “unas 200 toneladas de peso conjunto, con unos 300-400.000 bacalaos no muy grandes (de 3-4 libras), la carne resultante no debe exceder de 500-600 gramos por pieza”.

También anotaba todo lo que le sorprendía o le parecía raro y curioso; lamentablemente tuvo que soportar rutinariamente escenas de gran crueldad, particularmente con los tiburones y otras especies que no tenían interés comercial y se devolvían al mar donde eran rematadas por bandadas de aves hambrientas, como veremos más adelante.

Cada día intenta identificar a todos los buques pesqueros que navegan en sus proximidades. Entre ellos nos llaman la atención dos con los que se cruzaron en aguas de Groenlandia, uno equipado con material oceanográfico a cuya estela faenaba otro bacaladero, español, uno de los cuatro de la empresa gallega ‘Copiba’ (Compañía de Pesca e Industrias del Bacalao, S.A.):

“el magnifico buque casi blanco ‘Pierre-Vidal’ de Burdeos, mandado por el capitán Michelet, el capitán científico, ¡el que busca los bacalaos empleando el mejor material oceanográfico y envía a 400 m de profundidad los termómetros de inversión! .… Le sigue a un cuarto de milla, rastreando el fondo de 62 m, otro navío negro y ocre en la cubierta; su nombre destaca en letras blancas, muy grandes: ‘Puerto de Fontefría’, navío español”.

El trabajo y la vida abordo

La tripulación del buque bacaladero francés de gran altura estaba compuesta de 60 hombres y muchachos, todos ellos acostumbrados a trabajar “en jornadas de 12 horas a pleno viento”. Le cedieron a Anita el camarote del armador, donde en sus reducidos 5,5 metros cuadrados se acomodó como pudo con su equipaje y equipos fotográfico y de filmación. Aunque era un barco moderno con duchas, estas se utilizaban poco pues tenían el inconveniente de alimentarse directamente de la gélida agua de mar a unos 3º C de temperatura.
La autora comienza su narración describiendo el inicio de la travesía del Atlántico, con los sencillos y efímeros ramos de flores de los camarotes de los oficiales:

“Mañana clara, hermosa brisa, mar agitada… El bacaladero ‘Bois-Rosé’ navega hacia América del Norte.

Detrás ha quedado Fécamp, su puerto de origen, del que aún no se siente del todo desligado. Las mesas de los oficiales siguen estando adornadas con bellos ramos de flores, evocadores de la familia y de los jardines hogareños. 

Después de pasar la noche en el mar, hicimos escala en Brixham, a fin de llenar los depósitos de aceite pesado, lo que nos garantizará cuatro meses de navegación. Desde anteayer nadie ha tocado estas flores; están marchitándose, pero no creo que nadie se atreva a tirarlas”.

Cuando tras recoger las redes después del arrastre se transformaba la cubierta del buque en una factoría al aire libre, el escenario cambiaba totalmente y se acababa convirtiendo en un ambiente nauseabundo. Los trinchadores procesaban manualmente, según el peso del pez, unos 100-200 bacalaos en 10 minutos, y a su alrededor se acumulaban “las cabezas, las espinas dorsales y el jardín de tripas de los peces, hasta que empujadas a puntapiés, saltan por la borda”. Al final de la jornada: “En cubierta los desechos de la pesca son arrastrados en un gran río de grasa de color púrpura y violáceo. No es sangre ni carne. De él sube hacia el castillo, llevado por el viento, un olor desagradable, intenso, persistente, a podredumbre. Toda la noche de pie, el frío cala hasta los huesos y el olor… Entro en mi madriguera muerta de sueño”.

Figura 9.- Selección de fotografías mostrando diferentes modalidades del trabajo a bordo y algunos detalles de la dura vida a bordo (en la penúltima A. Conti anota las confidencias de un pescador) [A. Conti, 1953, 1955].

En uno de sus diarios Anita escribió sobre los pescadores: “son seres privados de sus familias, cuerpos envueltos en prendas, con nada visible de ellos más que las manos y la cara, y en sus rostros, cuando hace mucho frío, no viven más que sus ojos. Hombres, pues, que no son más que gestos y miradas, encerrados entre estas planchas de metal”.

Entre el personal enrolado se encontraban adolescentes encargados de diferentes tareas, según fueran aprendices de pescador o de marinero. En los turnos de trabajo tres o cuatro muchachos descabezan el pescado y, junto con los grumetes, ocupan su tiempo libre en extraer las exquisitas y bien pagadas lenguas de bacalao para su posterior venta, y los corazones. Con éstos un día degustaron a bordo un manjar que consideraron delicatesen, elaborado con cerca de 500 corazones (“plato bárbaro y sutilmente delicado”).

*Nota: Un muy interesante cortometraje en color rodado por Anita Conti en esa campaña bacaladera del arrastrero ‘Bois Rosé’ (1952) en Terranova, está disponible en la web de IFREMER.

 

Especies detestables para los bacaladeros

Para cuatro especies de peces “indeseables” (sin interés comercial o “falsos pescados”) de los mares polares describió nuestra biografiada la situación observada a bordo, tanto en aguas de Terranova como de Groenlandia: dos que ella denominaba “gatos” o “stymbicks” (el pez lobo moteado, Anarchias minor, y el pez lobo del Atlántico, Anarchias lupus), el tiburón de Groenlandia o “apocalle” (Somniosus michocephalus, supuesto depredador de bacacalos) y los “famosos peces rojos” o “gallineta dorada” (Sebastes marinus, “que llenan las redes y que los bacaladeros no utilizan”). Estos últimos se pescaban en las mismas frías aguas de 4º C favorables para el bacalao, aunque solían ser diferentes los hábitos de vida particulares de cada especie: “por la noche se capturan más bacalaos y durante el día abundan los peces rojos”.

Figura 10. La “gallineta dorada” o “pez rojo” (Sebastes marinus), grabado de G. B. Goode y T. H. Bean (1896, Oceanic Ichthyology).

En una foto de la Figura 9 aparece un ejemplar transformado después de ser pescado, con sus característicos ojos saltones y medio atragantado por la involuntaria descompresión del gas de su propia vejiga flotatoria. Las explicaciones siguientes dan cuenta del proceso y la cruda realidad, pues tras llegar moribundos a la cubierta del barco acaban siendo pasto de hambrientas aves marinas ávidas de sus sabrosos hígados:

“Esas magnificas criaturas tienen la carne muy blanca. Su piel va del escarlata al rojo de fuego. Cuando suben del fondo sus vejigas natatorias se distienden. Una verdadera bola sale de la boca del animal y lo ahoga. Sus ojos también se hinchan, ojos desorbitados que parecen sostenidos por pedúnculos, y todo el animal, arrancado del agua, se agita por la asfixia y ofrece un aspecto monstruoso. A golpes de pala, los hombres rechazan esos pescados, que vuelven al agua, y retuercen el cuerpo y quieren penetrar en el agua, pero el mar los rechaza. En el cielo aumentan los vuelos de pájaros, que planean en escuadrillas alrededor de las masas rojas. Cada formación rodea a una víctima: estiran el pico, el pescado se subleva y debe sufrir atrozmente. A los pájaros solo les interesa el hígado, y cuando ya han abierto al pez, les entra un verdadero furor, se hartan como glotones y el mar se cubre de pequeños islotes rojos rodeados de susurros feroces”.


Figura 11. Las dos especies del género Anarchias (“peces lobo”) nombradas por Anita Conti: A. Lupus (pez lobo del Atlántico) y A. minor (pez lobo moteado). Según G. B. Goode y T. H. Bean (1896, Oceanic Ichthyology).

Las diferencias entre ambas especies de “peces lobo” (“gatos”, “stymbicks” o “anarchias”) radican principalmente en el aspecto que presenta su piel. A ellas dedicó Anita Conti varios párrafos, destacando la buena calidad de su carne y el aprovechamiento de su piel, así como una cruda descripción de las circunstancias de su muerte en comparación con los bacalaos:

“En Noruega su carne es muy estimada y su piel, bien curtida, resulta preciosa. Yo tengo en mi biblioteca libros encuadernados con dicha piel; son suaves al tacto; el cuerpo está formado de una pequeña epidermis perforada con pequeños agujeritos, a la vez ligera y resistente […]. Los bacalaos mueren con la garganta abierta, las anarchias se resisten a la muerte, el aire pasa por su garganta y la boca se abre completamente. Si se cierra sobre una bota o sobre el mango de la pica, no lo suelta hasta haberlo roto. Los músculos de su cuerpo se mueven como los de un reptil y la cola azota; la cabeza aspira el gas mortal que lo ahoga y se levanta del cuerpo, que se retuerce bruscamente; solo el horror de la asfixia puede llegar a romper la curva de un tan vivo esplendor muscular. Y la cabeza, de un golpe, ha cerrado su boca; está inmóvil, muerto. Otro cuerpo más lejano se defiende, y otro, y otro. Un hombre se acerca, los traspasa a golpes de pica. Los bacalaos mueren como victimas miserables. Los “stymbicks” se hacen matar; es la agonía de los monstruos”.

Figura 12.- El apacible “tiburón de Groenlandia” (Somniosus microcephalus) según el ictiólogo J. Couch (1877). Especie conocida desde la expedición del capitán Scoresby a los mares árticos como Squalus borealis.

Su descripción del cruel trato que recibieron los ejemplares de tiburón de Groenlandia o “apocalle” (Somniosus microcephalus) que cayeron en las redes de arrastre es particularmente cruenta y salvaje, con esos pescadores de mediados del siglo XX que aún mantienen vivo el odio ancestral a los seláceos y a los ejemplares vivos les rompen la columna vertebral antes de tirarlos al mar:

“La red era pesada. Cuando los hombres la izaron sobre cubierta vieron masas grisáceas pesadas como becerros y una gran cólera asomó a sus rostros. La “apocalle” es el Somniosus microcephalus o tiburón de Groenlandia, que tiene una pésima reputación, ya que, según se dice se come el bacalao… Los de mayor tamaño los recogen las redes a grandes profundidades y en alta mar, pero no luchan. Los tres ejemplares que están sobre cubierta confirman esta regla. El mayor mide algo más de cinco metros. Los otros dos son más pequeños. Ninguno de ellos se defiende y cuando he hecho abrir su costado para examinar los órganos internos, no se han movido. Para lanzarlos de nuevo al mar se les ata una cuerda alrededor de la cola y la gran palanca los levanta de la cubierta y los saca por estribor. Cuando están a la altura de un hombre, un grumete les rompe las vértebras cartilaginosas. Los muchachos sueltan el lazo que le ata la cola y en unos instantes caen sobre la espuma más de 1.500 kilos de carne sin empleo y de nuevo se lanza la red.

[Con un ejemplar gigante capturado en otro lance al capitán se le ocurre preparar un “sketch” de cine y coacciona a Anita Conti para que participe en el mismo]: “Me invita a entrar en el vientre del animal, que será izado por la cola y el capitán Recher, rajará el vientre para librar a la ‘Hija del Mar’ […]. Un oficial abre el flanco del escualo y dos arrancan con las manos los lóbulos de un hígado que pesa alrededor de 150 kilos… Tres hombres se introducen dentro del animal y vacían al animal como si fuera un almacén y los paquetes de entrañas se aplastan sobre los bacalaos, hundiéndose los hombres en esa masa hasta los muslos”.

El calentamiento oceánico desde 1948

Muy interesantes sus comentarios de 1953 sobre los negativos efectos del calentamiento anormal del Atlántico Norte desde 1948, que motivó la ausencia del bacalao en los antiguos productivos caladeros meridionales de Terranova y se vieron en la necesidad de pescar preferentemente en las aguas mas septentrionales del Gran Banco y obligados a tener que arrastrar a 300-400 metros de profundidad para poder encontrar los bancos de bacalao: “porque desde hace tres años, desde 1948, el conjunto de los bancos se ha visto influido por el calentamiento ártico general y esa especie ha desertado de Platier, Isla de Arena y de todos los nombres legendarios de otros tiempos”, que fueron zonas donde se habían conseguido extraordinarias capturas en las campañas de 1946-1947.

Recordemos que durante el período 1924-1944 se fue produciendo una alarmante disminución de los hielos flotantes en el Ártico ruso, con una expansión en los años veinte de poblaciones de atún rojo (Thunnus thynnus) al sur de la península Escandinava y en el Mar del Norte, e incluso llegaron hasta Islandia otras especies propias de aguas más cálidas y sureñas. Similar período de calentamiento volvió a producirse en las aguas nórdicas en los años cuarenta, coincidiendo con el inicio de la grave y duradera crisis de la industria sardinera en Galicia de 1947-1956, que obligó al traslado de los barcos pesqueros y factorías conserveras gallegas a diferentes puertos de Andalucía, como Málaga y Algeciras.

Las ideas conservacionistas

En los años 50 podría estimarse en miles de toneladas el volumen de pescado fresco de gran calidad, recién capturado, que se devolvía al mar anualmente por las pocas flotas industriales de altura de los países “desarrollados”. Cifra que alcanzaría en 1994, según estimación de la FAO, un peso medio de 27 millones de toneladas de pescado “inútil” al año tirado por la borda, lo que equivalía aproximadamente al 27 % de las capturas globales.

Ese asunto crítico de los “descartes” de las especies de peces indeseables (“no comerciales”) que acompañaban en la captura a las consideradas objetivo, como el bacalao, fue una de las mayores preocupaciones de Anita Conti desde que divulgó ese grave problema a la sociedad en 1953 con su primer libro: como solo interesaba el bacalao de talla suficientemente grande para ser trabajado (salado) denunciaba que, durante su campaña en el pesquero ‘Bois-Rosé’, algunos arrastres se desecharon íntegros, con 2.000-2.500 kilos de pescado considerado “inútil” (bacalao pequeño o especies no deseadas).

La culpa era de los gustos del mercado que imponían a los buques industriales (los saladores y los congeladores) las especies “útiles” que tenían la orden de procesar. Transcribimos un resumen de sus opiniones muy críticas sobres las pesquerías industriales indiscriminadas:

“Aquí producir no es hacer nacer, es matar; el problema se reduce a capturar el mayor número de peces en el más corto espacio de tiempo con el mínimo coste. La pesca es idealmente una industria cuyo punto de partida resulta totalmente opuesto a los de todas las demás: los agricultores hacen crecer sus legumbres y los ganaderos tratan de reproducir animales. Sobre el suelo terrestre se hace reproducir con método. En el medio oceánico se explota a ciegas […].

Nadie, en ninguna nación del mundo, se ocupa de las toneladas de peces inútiles, ni de las toneladas de desechos que son tirados por la borda. Una manguera de agua lo limpia todo, y el problema ya no existe, porque la pesca es una industria cuyo rendimiento se calcula a base de una producción señalada en la entrega en los puertos.

En lugar de devolver al mar lo que ya ha costado un esfuerzo de pesca, cada barco debería utilizar industrialmente, en serie, todo el “pescado falso” y los despojos deberían ser transformados en un producto regular de valor alimenticio [harina de pescado] que podría refinarse en tierra. El inmediato resultado del sistema sería reducir en gran manera la duración de las campañas de pesca, ya que los barcos llenarían antes sus bodegas. ¡Después de muchos años, en mares diferentes, a bordo de buques de nacionalidades distintas, he visto tantos esfuerzos perdidos, tantas masas de pescado, de despojos enteramente frescos caer de nuevo en el agua de la que acaban de ser arrancados! Todos rechazan toneladas de materiales alimenticios, mientras territorios enteros quedan privados de sustento. Solo con lo que tira la flota pesquera francesa podría abastecer provincias enteras del Africa negra, hija salvaje adoptiva de Europa y de América, que se denomina perezosa porque aun no sabe trabajar ni alimentarse por si misma…”.

Figura 13.- Dos libros divulgativos de 1958 y 1962 (el apaisado) sobre el bacalao, describiendo al consumidor francés sus cualidades alimenticias, culinarias y económicas; junto con el tratamiento industrial a bordo y un mapa mostrando la gran expansión de sus buques de pesca (alejándose hasta unos 4.000 km de sus puertos). Obras editadas por el Comité de Propaganda para el Consumo del Bacalao (París), con una presentación de É. Le Danois,

Afirmaba A. Conti en 1955: “Se pesca un gran número de especies, pero solo una merece respeto: el bacalao. Como que nadie se atrevería a sacar de la bodega un solo kilo de la carne salada del bacalao, que es el capital del barco, cada uno escoge en el puente entre los restos frescos, un trozo que las costumbres de los antepasados señalan que es delicado. En el bacalao, como en el cerdo, todo es bueno. Sin embargo, a pesar del sabor de un ‘morro’ bien frito, o del que tiene una salsa preparada con el meollo de unas columnas vertebrales, estoy tentada de hacer una confidencia: tengo marcada preferencia por la carne blanca, en hojas compactas y limpias, de un bacalao salado según todas las reglas. Entre el más de un centenar de recetas culinarias para guisar el bacalao no me atrevería a señalar ninguna de ellas porque estoy a bordo de un bacaladero donde falta el perejil, el vinagre, las hojas de lechuga, la leche fresca… y tantas otras cosas necesarias a la buena cocina, que su sola evocación me llenaría de nostalgia”.

La expansión industrial desde los años sesenta

En el mapa de la figura 13 se muestra la gran expansión de la flota industrial bacaladera francesa en el año 1962 por todo el Atlántico Norte, alejándose sus buques a distancias de hasta 4.000 kilómetros de sus puertos base. Simultáneamente, grandes unidades congeladoras de diferentes países se dirigían hacia los caladeros vírgenes del Atlántico Sur, llegando los pescadores de Rusia a mediados de esa década a la Antártida, donde comenzaron la pesca incontrolada de las poblaciones del pez denominado “bacalao antártico” (Notothenia rosii), alrededor de Georgia del Sur, y el sucesivo aumento de las capturas acabó provocando un rápido descenso de la población de esa especie que tardó muchas décadas en recuperarse. Igualmente, el desarrollismo de la España de principios de esa década, con un acelerado proceso de industrialización, convertiría a la flota pesquera española en una de las más poderosas del mundo: entre 1961-1963 se botaron los primeros siete grandes pesqueros congeladores gallegos de gran altura para los caladeros americanos y africanos del Atlántico Sur. Encabezaba la serie el ‘Lemos’ de la empresa ‘Pescanova S.A’ (Vigo), con 52 metros de eslora y 950 CV, más de 500 toneladas de registro bruto, tripulado por 32 hombres y una capacidad máxima de almacenamiento de 250 Tm de pescado congelado. De su gran éxito comercial se hizo eco la prensa española, aclarando que faenó en diversos caladeros y capturó principalmente 240 Tm de la merluza argentina (Merlucius hubbsi) en tan solo 20 días.

Con el citado mapa y nuestros antecedentes entenderemos mejor el aumento de la preocupación de Anita Conti, en su último libro de 1971, por la sobreexplotación pesquera de los océanos ejecutada por las flotas industriales de las grandes potencias que llevaban años faenando en las gélidas aguas del Atlántico Sur. También alertaba del aumento lógico en el volumen total de las especies “descartadas” siguiendo el poder del mercado y los intereses industriales del mundo de la pesca para continuar centrándose exclusivamente en el procesamiento y venta de las pocas especies “reclamadas por la moda gastronómica”. Alude, entre otros caladeros, a los del Mar de Barents, los bancos de Irlanda (con buques de Inglaterra, España, Alemania y Bélgica), los fondos de pesca de Portugal y los próximos al litoral de Argentina.

Comenta los avances de los nuevos arrastreros franceses de altura, con bastantes de ellos equipados como semi-congeladores, aunque con un único buque congelador integral (el ‘Gröenland’). Particularmente denuncia la enorme presión pesquera que estaban sufriendo los fondos del cono sur cercanos a Argentina, país que se decidió en 1966 a establecer el límite de sus aguas territoriales en las 200 millas, tras sufrir los años anteriores frente a sus dilatadas costas los efectos de las pesquerías intensivas, particularmente de varias docenas de barcos rusos, buques-factoría japoneses y atuneros cubanos. Aporta también información de las operaciones piloto en aguas australes del mencionado navío español “Lemos” durante 1961, con un radio de acción de 10.000 millas y capacidad de congelación a -35ºC. Realizó “pescas experimentales metódicas” en Canarias, Brasil y Argentina. Con el procesado a bordo, 36 toneladas de pescado recién capturado se reducían a 12, tirando el resto por la borda. Calificada de “aventura emocionante del capitán Jose Mª Ruibal y del oficial de pesca Salomón Patiño, quien detectó las grandes concentraciones de peces en las zonas recorridas […]. Lamentablemente es una misión exitosa comercialmente pero resulta una “industria salvaje” pues, para conseguir 240 toneladas de materia alimenticia, se desechó al mar varios cientos de toneladas de “peces falsos” [sin interés comercial] y de 2 a 500 toneladas de desechos (cabezas, vísceras, etc.)”.

Figura 14.- Arriba: contraste de las capturas obtenidas en los fondos sobrexplotados frente a los fondos vírgenes. Modernas cartas marinas de los caladeros del Atlántico Norte, con el círculo rojo localizando el banco descubierto por el pesquero ‘Viking’ próximo a la gran Fosa de Noruega [A. Conti, 1971].

Figura 15.- Varias especies accidentales, no deseadas, capturadas por los buques arrastreros: quimera (Chimaera monstruosa), pez rata (Trachyrhynchus scabrus), pintarroja (Scyliorhinus canicula) y tiburón peregrino (Cetorhinus maximus) [A. Conti, 1971].

Su visión multidimensional de la oceanografía en 1970

En su último libro de 1971, incluye una gran diversidad de materias aunque con cierto desorden desde el punto de vista actual. A lo largo de sus páginas incluye fotografías de gran interés para la divulgación de especies raras y de actividades oceanográficas (una selección en nuestras figuras 15 y 16). En las 289 páginas de texto discurre sobre muy diferentes aspectos humanísticos, ecológicos, de oceanografía biológica y pesquera de la época, etc. etc. Aparte de la sobrepesca y los descartes, aspectos ya comentados más arriba, dedica bastantes páginas a los cultivos marinos y dulceacuícolas (por ejemplo en las lagunas del África negra, en Venecia y el Adriático). Extensas descripciones sobre varias especies de escualos (“las bestias brujas”) del África tropical y el tiburón peregrino (Cetorhinus maximus). Novedosos comentarios sobre la identificación de las diferentes “razas” de arenques, las importancias relativas de especies como el delfín común (Delphinus delphis) y la cigala (Nephrops norvegicus), con explicaciones de como “las temperaturas y salinidades actúan de frontera entre dos mundos” y como las variaciones de ambas variables en el medio marino condicionan las migraciones de muchas especies sensibles a esos cambios ambientales.

Incluyendo sus valoraciones positivas sobre una conferencia del profesor Maurice Fontaine (“El valor humano de la oceanografía”) y los nuevos campos de investigación, como el de la “oceanografía médica”, en base a un libro de Maurice y Jacqueline Aubert (“L’Océanographie Médicale”) y con el funcionamiento del curioso nuevo centro de investigación CERBOM (‘Centre d’Etudes et de Recherches de Biologie et d’Océanographie Médicales’), que realizaba cotidianamente capturas de plancton microscópico filtrando con redes especiales las aguas marinas (Figura 16, arriba derecha). Describe las mareas rojas, se pregunta sobre la utilidad del plancton “como fuente posible de alimentación humana” y cita el sorprendente hallazgo del investigador Francis Bernard, que en una expedición del buque ‘Calypso’ “encontró inesperada fertilidad de las grandes profundidades del Mediterraneo: a 1.500-2.500 m, las densidades de Flagelados son en promedio mas altas que las de la capa eufótica” o iluminada. Celebra que ese buque de investigación, liderado por el comandante J.-Y. Cousteau, realizara la memorable expedición “Pre-Continent-II” al Mar Rojo; y como ese famoso buceador y su compañero de inmersión F. Dumas rodaran las primeras películas submarinas que fueron divulgadas a la sociedad con mucho éxito de audiencia. Sobre la importancia de Cousteau, como investigador y gran divulgador del mundo submarino, recordemos que fue investido doctor honoris causa por la Universidad Politécnica de Valencia en noviembre de 1990.

Figura 16.- Algunas de las últimas fotografías de Anita Conti a bordo de buques de investigación. Abajo: bobinas con varios kilómetros de cable de acero enrollado y maniobras con la torreta de inmersión, para un solo ocupante, inventada por el ingeniero italiano Galeazzi para la observación submarina [A. Conti, 1971].

El legado para las generaciones futuras

La entusiasta personalidad de Anita Conti y todo el productivo trabajo desarrollado en tan diferentes océanos y mares son un modelo personal y profesional para las futuras generaciones, no solo europeas sino a nivel mundial. Su variado y rico archivo personal, custodiado en los archivos municipales de la ciudad de Lorient, ha sido cuantificado y estudiado por la experta documentalista Clotilde Leton en su libro de 2014 (Anita Conti: portrait d’archives), obra ilustrada de gran formato que incluye más de 300 documentos representativos de la vida y vivencias de esa mujer extraordinaria. La documentación original es riquísima y de gran interés: comprende alrededor de 50.000 fotografías, los 2.265 libros de su biblioteca particular, 1.430 objetos diversos (que incluyen ejemplares de animales, vegetales y minerales procedentes de sus viajes), 178 registros sonoros con una duración estimada de 120 horas (entrevistas radiofónicas, conferencias, etc.) y miles de documentos en papel. Estos últimos son los más voluminosos y se subdividen en textos manuscritos e impresos (42 metros lineales de cajas archivadoras) y cerca de 1.000 documentos iconográficos que incluyen esbozos e ilustraciones de peces [Fig. 17].

Figura 17.- Cubiertas del libro de Clotilde Leton Anita Conti: portrait d’archives (2014), con la página en la que reproduce dos documentos gráficos del archivo sobre su estudio en 1941 de especies de peces procedentes de las costas del África occidental.

Su hijo adoptivo, el artista plástico Laurent Girault-Conti, es el heredero de su legado y contribuye eficazmente a revalorizar y mantener vivo el recuerdo de su madre participando en diferentes publicaciones, en particular editando y publicando libros que incluyen sus fotografías y textos. Destacan Les Terre-Neuvas, con dos ediciones en 2004 y 2009, y el reciente Le Carnet Viking. 70 jours en mer de Barents (2018), en el que sintetiza la documentación inédita obtenida por Anita Conti durante los 70 días que trabajó por aquellas aguas, cuyo periplo total por el Atlántico Norte en ese buque bacaladero fue de tres meses y se extendió a Spitzberg e isla del Oso. También colaboró ese hijo, como coautor de textos, en el libro Anita Conti, la dame de la mer. 30 ans de photographies de 1930 à 1960, con dos ediciones (1998 y 2001). En ambas participó la asociación Cap sur Anita Conti (Lorient) –creada en 1992 por Laurent y un grupo de amigos para promover y difundir el trabajo de ella–, al igual que hizo en 1995 recordando en textos y fotografías los trabajos de su mentora en buques dragaminas franceses al comienzo de la II Guerra Mundial, en Regard d’une femme sur la guerre des mines à Dunkerque (1939-1940). Más fotos de pesquerías de la “Dama del Mar” se incluyeron en el monográfico de J. C. Boulard (1994, Pêcheurs d’hier: aux pays des morues et des thons germons).

Actualmente al menos seis escuelas infantiles, colegios e institutos en su país llevan el nombre de Anita Conti. Diferentes mujeres del siglo XXI han reivindicado su vida y su obra en sendos libros, como Catherine Reverzy (2006, Anita Conti: 20.000 lieues sur les mers) y la nombrada Clotilde Leton (2014, Anita Conti : portrait d’archives). Otras, autoras de prólogos –el caso de Catherine Poulain para Le carnet ‘Viking’: 70 jours en mer de Barents (2018)–, o coautoras como Annick Cojean para el libro colectivo Anita Conti, la dame de la mer (2001), obra traducida al italiano en 2004 (La dama del mare). En ese último idioma también se ha publicado: “Una stagione di pesca al merluzzo. Viaggio sulle barche da pesca ai banchi di Terranova: dalle immagini di Anita Conti alla realizzazione di un Doris” (2007).

Aunque en España solo se tradujo la descrita primera obra de Anita Conti en 1955, su recuerdo se ha revivido al menos en un par de libros publicados en nuestro país en 2008, editados originariamente en francés el año anterior. Como en la recopilación literaria de Maria Borotau (Tinta de mar. Antología de las más bellas páginas de la literatura marítima), en la que ella también incorpora textos de la literatura española a la selección previa de Nathalie Couilloud en su Encre de Mer. Y en la versión española de una completa biografía suya (“Anita Conti. La joven y el mar”, capítulo del voluminoso libro Grandes Aventureras, 1850-1950), compuesta por Alexandra Lapierre (“la biógrafa de las mujeres olvidadas”) y Christel Mouchard (en: Elles ont conquis le monde. Les Grandes Aventurières, 1850-1950).

Nos despedimos con sus íntimos sentimientos, experimentados durante una gélida noche a la intemperie, que compartió con los lectores de su último libro:

“Eran las dos de la madrugada. Me subí sobre el techo del puente para escapar por un rato de esa pasión del juego que se concentra en una tripulación, y la amplitud de la noche me retuvo. Me quedé ahí, bien calada al pie del gonio, unida al estremecimiento continuo de la nave. El tiempo carecía ya de medida, las miradas podían perderse en la negra transparencia. Estábamos en camino.
La mar inmensa y fría, liberada de un cielo de tormenta que durante largo rato había ennegrecido el horizonte, salía de ese espesor bajo y pesado […]. En la oscuridad, el corazón del barco latía con golpes rápidos, sobrealimentados. En él, en el propio motor, yo sabía que hacía calor. El deseo de este calor obsesionaba mis sentidos, la embriaguez del frío quebraba mis fuerzas, y las luces del mástil trazaban arcos en las estrellas [1971, ¨El Océano, los Animales y el Hombre¨].

 

DEDICATORIA:
A Ana Ramos-Martos y Lourdes Fernández-Peralta, queridas compañeras en el Instituto Español de Oceanografía (IEO), que desde hace décadas siguen los pasos de nuestra biografiada, manteniendo su mismo entusiasta espíritu aventurero y la pasión investigadora por las pesquerías africanas, particularmente las desarrolladas en los caladeros donde faena la flota de altura española, de las que son expertas de reconocimiento internacional.


Nota sobre las imágenes: la mayoría de las fotografías se han extraído de las primeras ediciones de los libros de Anita Conti, respetando la calidad (deficiente pero muy atractiva artísticamente) para ser fiel a las imágenes que llegaban a sus lectores de hace más de medio siglo. La mayoría de las fotografías restantes, de mayor nitidez, proceden de varios números de la revista ‘Cols Bleus. Le magazine de la Marine et de la mer’ (disponibles en: gallica.bnf.fr / BnF).

 

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