Natacha Aguilar, una de las mayores expertas mundiales en cetáceos de buceo profundo

“Los zifios son una familia de 22 especies y algunas de ellas no han sido vista nunca vivas”

Natacha Aguilar es bióloga marina y una de las mayores expertas mundiales en cetáceos de buceo profundo. Entre ellos los zifios, posiblemente la familia de cetáceos más desconocida. Algunas de sus 22 especies nunca se han visto vivas, pasan la mayor parte del tiempo en inmersión y pueden bucear hasta 3.000 metros de profundidad durante más de dos horas.

Esta joven investigadora trabaja actualmente en la Universidad de La Laguna gracias al programa Ramón y Cajal. Ha hecho estancias en Estados Unidos y diversos lugares de Europa, consiguió un primer premio Marie Curie, que le permitió trabajar en Nueva Zelanda, y un segundo con el que trabajó en Escocia. Además, Natacha está muy comprometida con la sostenibilidad y es una gran divulgadora y defensora del medioambiente.

¿Cómo empezó su interés por la ciencia?

Creo que todos los niños tienen un interés innato en descubrir qué pasa a su alrededor, una curiosidad por ver cómo funcionan las cosas. En mi caso hacía muchas preguntas. Cuando era muy pequeñita ayudaba a un jardinero a recoger hojas y quizá ahí empezó mi pasión por la naturaleza. Más adelante me dijeron que biología significa ciencia de la vida y tuve claro que quería dedicarme a ello porque, ¿qué podía ser más bonito y más importante?

¿Y por el océano en particular?

La verdad es que la mar me gustaba mucho. Me atraía que fuese tan desconocida. Siempre la vemos desde arriba y, cuando te sumerges, es como cambiar de dimensión: de repente estás en un universo nuevo en el que flotas y hay multitud de organismos sorprendentes. Además aquí viven los mamíferos más especializados, que se han adaptado a pasar la mayor parte de su tiempo en un medio incompatible con la fisiología del resto de mamíferos. Así que se juntó la pasión por los mamíferos y por el océano, por lo que decidí que quería estudiar los cetáceos.

Sus investigaciones se centran en cetáceos de buceo profundo, los cuales, sorprendentemente, han encontrado en Canarias un hábitat ideal para ellos, ¿a qué se debe?

Canarias es un archipiélago oceánico que surge de llanuras abisales de más de 3.000 metros. Esto permite que haya grandes profundidades cerca de la costa y así especies que normalmente viven muy alejadas de tierra aquí sean visibles desde el litoral. En Canarias tenemos el privilegio de contar con buceadores profundos residentes, como el cachalote, calderones, zifios… animales que normalmente hace falta pasar un día navegando antes de encontrarlos, pero que en Canarias están a media hora del puerto, ¡y a veces a cinco minutos!

Dentro de estos cetáceos quizá los zifios sean los más desconocidos y misteriosos, ¿qué los hace tan especiales?

Los zifios son una familia de 22 especies y algunas de ellas no han sido vista nunca vivas, solo se conocen por varamientos en la playa… así son de desconocidas. Las pocas especies que hemos podido estudiar solamente pasan en superficie un 8% de su tiempo. Además realizan auténticas proezas buceando. Un cetáceo es un buceador cuya botella de oxígeno es su propio cuerpo. Un zifio, con un peso entre una y tres toneladas, es capaz de hacer inmersiones como las que hace un cachalote de hasta 14 – 50 toneladas (hembras y machos, respectivamente).

¿Cómo se alimentan los zifios?

Todos los cetáceos con dientes -los llamados odontocetos- han desarrollado un sistema de localización por ecos. Un biosonar igual que el que utilizan los murciélagos. Emiten chasquidos sonoros que se reflejan en las presas y que les dan información sobre qué tipo de presa es y dónde se encuentra. Una vez que el depredador elige a su presa, aumenta la tasa de emisión de los chasquidos para obtener la posición con más exactitud y acelera hasta que la captura. Estos sonares han evolucionado en los mamíferos de manera independiente para comer en la oscuridad, tanto en el aire por los murciélagos como en el agua por los cetáceos. Los zifios, los calderones y los cachalotes comen a una profundidad media de un kilómetro.

¿Cómo hacen para estudiar a estos esquivos animales?

Utilizamos una mezcla de técnicas tradicionales, como son la fotoidentificación, que consiste en reconocer individualmente a los animales por las marcas que tienen en las aletas y en el cuerpo, y que nos sirve para conocer su estructura social o el grado de conectividad en distintas zonas; o la toma de muestras de tejidos, que nos permite estudiar por ejemplo la diversidad genética. También usamos, para estudiar su comportamiento, unos dispositivos que se adhieren con ventosas al lomo de los animales y que registran la profundidad, el sonido y su movimiento. Esto nos permite saber cuándo y cómo comen, e incluso la energía que gastan, ya que podemos oír sus respiraciones y el oxígeno es el combustible de la vida.

Investigadoras colocando dispositivos de seguimiento a un zifio

Lamentablemente, los zifios han sido noticia muchas veces por los varamientos masivos que han protagonizado en Canarias. ¿A qué se debe?

Se debe a que los zifios son los cetáceos más extremos en sus inmersiones. Bucean durante mucho tiempo y a unas profundidades que les llevan al límite de sus capacidades fisiológicas. Esto hace que cualquier alteración pueda ser fatal. Un sonar militar de alta intensidad supone un estímulo para un zifio que lo entiende como una orca a punto de acecharle. Los zifios han evolucionado para evitar a las orcas porque, como no pueden enfrentarse a ellas, lo que hacen es intentar que no les descubran, por eso están tan poco tiempo en superficie y por eso, al contrario que otros cetáceos, no emiten sonidos cerca de superficie, solamente cuando están en profundidad, donde las orcas no les pueden capturar. Entonces, cuando escuchan el sonar, lo interpretan como una orca que está muy cerca y su respuesta de estrés parece romper el frágil equilibrio fisiológico de unos buceadores tan extremos, produciéndoles embolias grasas y gaseosas y finalmente la muerte.

¿Siguen ocurriendo estos varamientos?

En Canarias no, porque en 2004 se declaró una moratoria al uso de sonares militares. Canarias era uno de los sitios del mundo donde se había registrado un mayor número de varamientos masivos atípicos relacionados con maniobras navales. Así que se unió la evidencia científica, la presión pública y la voluntad política para proteger a los zifios en Canarias. Desde la moratoria no ha habido otra mortandad masiva atípica, mientras que en las dos décadas anteriores había una cada tres años de media.

Sin embargo, las mortandades masivas siguen ocurriendo en otros sitios del mundo. Estamos colaborando con grupos de investigación internacionales para intentar que esto no ocurra y que las marinas de la OTAN y sus Estados miembros utilicen medidas de precaución para no afectar a la fauna marina. Todos los cetáceos están protegidos por convenios internacionales y nacionales, precisamente porque están amenazados por impactos antrópicos, ya sea a nivel global o local. Tenemos que conseguir compatibilizar las actividades humanas con el respeto a las leyes de protección de la naturaleza.

¿A qué otros peligros se enfrentan estos cetáceos?

Pues uno principal son los plásticos. Hay cada vez más varamientos de cetáceos de todos los tamaños que aparecen con el estómago lleno de plásticos. Y no solamente los cetáceos que comen cerca de superficie, sino también zifios que se alimentan en profundidad. Se ha estimado que los plásticos que vemos en superficie en el mar, que ya son muchos, son solamente un 10% de los que hay en el océano. Porque un plástico es una superficie de asentamiento para multitud de especies, ya sean algas o invertebrados, y al coger peso, se hunde y queda disponible para que se alimenten de él otros animales. Un plástico que se hunde se parece mucho a fauna gelatinosa como medusas, ctenóforos y otros tipo de animales que son presa de multitud de especies, desde peces y tortugas hasta cetáceos.

Recientemente Japón anunció que reanudará la caza comercial de ballenas después de 30 años de moratoria, ¿supone esto también una amenaza?

La caza de ballenas fue un ejemplo de mala gestión de lo que se consideraba en el momento un recurso tanto de alimento como de energía. Durante la revolución industrial, las luces provenían de la grasa de los cetáceos. Las velas de esperma, que así se llamaban, se obtenían de la grasa de la cabeza de los cachalotes: del espermaceti. En apenas 50 años de caza industrial se llegó a la extinción local de varias especies y podría haberse llegado a la extinción global. Pero la Organización Ballenera Internacional, gracias a la presión social y a los estudios científicos que demostraban que las poblaciones de ballena estaban siendo diezmadas, prohibió la caza y todos los países lo respetaron excepto algunos, lo cual es un ejercicio de egoísmo internacional.

El año pasado recibiste el reconocimiento de tu Universidad al recibir un premio del Instituto Universitario de Estudios de las Mujeres por tu papel como investigadora, ¿qué ha significado?

Siempre es un orgullo que reconozcan tu trabajo, porque la verdad es que trabajamos mucho y es cierto que todavía hay cosas que cambiar… Yo he estado muchas veces embarcada y era la única mujer a bordo, es importante que las chicas sepan que no pasa nada por hacer trabajos que se creía que eran de hombres. Ahora por suerte la cosa ha cambiado. He sido jefa de campaña en expediciones en los que la tripulación era solo de hombres y no ha habido ningún problema. Es importante que las chicas sepan esto y que no se arredren a la hora de tomar decisiones y liderar si les toca. Al final lo que importa es hacer un buen trabajo para proteger los océanos, porque la población mundial sigue creciendo; hemos eliminado a los grandes depredadores, estamos simplificando las cadenas tróficas y necesitamos que tanto hombres como mujeres trabajemos en entender cómo funciona el océano, de modo que podamos hacer un manejo ecosistémico de los recursos y protegerlos para que duren.

Natacha Aguilar (en el centro) junto al resto de premiadas / Foto: Emeterio Suárez (CC BY 3.0)

¿Ha encontrado obstáculos en su carrera por el hecho de ser mujer?

Inicialmente algunos, sí. Tomaduras de pelo y, a lo mejor, tener que insistir más en un punto de lo que habría que insistir si hubiese sido un hombretón. Pero cada vez menos. Ha habido muchos menos obstáculos que apoyos por parte de mis compañeros. Donde queda mucho que hacer aún es en compaginar la maternidad con la investigación.

Por último, ¿qué le diría a las mujeres y niñas que se sientan inspiradas por su trabajo?

Que no paren de disfrutar del agua, que siempre que trabajen lo hagan con ganas, que den lo mejor, que crean en sus ideas, que sigan consejos pero que tampoco les importe romper normas y que creen nuevas normas cuando sea necesario. Y, sobre todo, que quieran mucho a la mar y que su investigación se aplique en conservarla, para agradecerle que les está dando una profesión.

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