Marina Zamanillo y los aerosoles marinos

8.enero.2019

Lo cierto es que nunca hubiese imaginado que pasaría meses completos surcando mares de lo más inhóspitos a bordo de buques oceanográficos (¡y rompehielos!). De hecho, antes de entrar en la universidad estaba en un mar de dudas. Tanto la física (especialmente la meteorología) como la biología despertaban mi interés. Finalmente opté por estudiar biología y bioquímica en la Universidad de las Islas Baleares (UIB) donde aprendí cosas tan variopintas como el nombre científico del trébol (Oxalis pes-caprae) y que un ser humano posee más células bacterianas que humanas (¡increíble!).

Al finalizar las carreras, mi curiosidad no estaba saciada y sentí la llamada del mar y de la conservación del planeta. Por ello me decidí a cursar el Máster en Cambio Global (UIMP-CSIC). Lamentablemente el máster fue anulado días antes del inicio por falta de alumnas/os, así que opté por el Máster de Ecología Marina de la UIB.

En el trabajo de fin de Máster tuve la oportunidad de colaborar en un proyecto del IMEDEA que trataba de evaluar los efectos de las entradas de nutrientes y contaminantes en los ecosistemas marinos y terrestres del Parque Nacional del Archipiélago de Cabrera. Me quedé sorprendida al conocer que el aire contiene, además de gases, partículas sólidas y líquidas, llamadas aerosoles, de origen tanto natural como antropogénico, que pueden permanecer en la atmósfera desde unos cuantos minutos a varias semanas. Por ejemplo, el mar es fuente de bacterias, virus, moléculas orgánicas y sal marina. Finalmente estos aerosoles regresan a la superficie terrestre o marina tanto de forma directa como arrastrados por la lluvia. Y no solo eso, influyen en muchos procesos como en la formación de las nubes y en la productividad del fitoplancton.

Dirigiéndonos a la isla Pedro I durante la “Antarctic Circumnavigation Expedition” (ACE)

Una vez terminado el máster me lancé a la aventura del doctorado, que estoy realizando en el Instituto Ciencias del Mar de Barcelona (ICM-CSIC). Los protagonistas de mi investigación son una pareja inseparable de partículas orgánicas de naturaleza glucídica y proteica que habita en ambientes acuáticos, tanto dulces como salados. Su principal fuente es el fitoplancton y pueden encontrarse libres o unidas a otros microorganismos, como células de fitoplancton muertas, formando la llamada nieve marina, que desciende hacia el fondo marino. Durante el doctorado he estudiado estas partículas orgánicas en múltiples regiones marinas del planeta, desde el mar Mediterráneo hasta la Antártida, a bordo de buques oceanográficos o bien barquitas más humildes (pero no menos importantes). También he podido realizar estancias en el centro de investigación marina GEOMAR (Alemania). Todas estas experiencias me han aportado conocimientos y la oportunidad de conocer gente y lugares inolvidables.

¿Y por qué dedicarles tanto tiempo a estas partículas? Debido a sus características, juegan un papel importante en procesos como el ciclo del carbono oceánico y el intercambio de gases entre el océano y la atmósfera. Por ejemplo, se ha visto que la acumulación de materia orgánica en la capa superficial del océano reduce el flujo de CO2 entre el mar y el aire. Por lo tanto, es preciso tenerlo en cuenta a la hora de predecir con mayor precisión futuros cambios en la dinámica de este gas de efecto invernadero y responder así de una forma más adecuada. Además, estas partículas orgánicas también son capaces de pasar a la atmósfera, empujadas por el viento, e influir en la formación de nubes y el clima. ¡Quién iba a decir que esas diminutas partículas podían tener efectos a tan gran escala!

En este punto te das cuenta de la complejidad de nuestro planeta, donde todo parece interaccionar, incluso elementos que en un momento dado se encuentran a miles de kilómetros de distancia. Tengo la impresión de que hay un largo y fascinante camino en la investigación que debemos recorrer juntos mujeres y hombres en beneficio del saber.

Pingüinos en el Mar de Weddell

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