Beatriz Reguera: toda una vida dedicada al estudio de las microalgas tóxicas en Galicia

“Son parte natural del plancton, no es nada extraño ni un fenómeno anómalo”

Beatriz Reguera, nació en La Habana (Cuba) en 1953. Con ocho años llegó a España junto a su familia, que se exilió en una pequeña aldea de Cantabria: Ceceñas. Estudió Biología en la Universidad del País Vasco y, nada más terminar, empezó a trabajar en el Centro Oceanográfico de Santander del Instituto Español de Oceanografía (IEO) como alumna libre. En una de sus estancias en Reino Unido empezó su interés por las mareas rojas, algo que la llevó a uno de los mejores lugares para su estudio: Galicia. Durante más de 30 años se ha dedicado a entender por qué estas algas crecen de forma repentina, afectando a los cultivos marinos y poniendo en riesgo la salud de las personas. Fue la primera mujer en el IEO que presidió un grupo de trabajo del Consejo Internacional para la Exploración del Mar y, recientemente, la Sociedad Internacional para el Estudio de las Algas Nocivas, de la que fue presidenta durante seis años, le concedió el Premio Yasumoto por toda una vida dedicada a mejorar el conocimiento en este ámbito.

¿Cuándo empezó su interés por la ciencia?

Pues en el bachillerato. Pero ciencia como una cosa sumamente vaga. Un sentimiento muy infantil de que quería descubrir algo. Aunque me gustaban las letras tanto como las ciencias y me costó mucho elegir.

¿Y cuándo decidió estudiar Biología?

Desde muy pequeña andaba con mi padre plantando semillas, criando animales… siempre en contacto con la naturaleza. El poco tiempo de mi vida que viví en un piso fui la persona más desgraciada del mundo. Pero luego escogí Biología por pura casualidad y también por ser asequible a mis medios. Eran tiempos difíciles y tenía que trabajar dando clases particulares para pagarme los estudios. Quería ser veterinaria, pero mi padre, que era un hombre conservador, me acuerdo de que decía: “no me imagino a mi hija metiendo la mano por el ano a una vaca, me imagino a mi hija con una bata blanca mirando microbios por un microscopio”. Y finalmente hice Biología en la Universidad del País Vasco. Fui de las primeras promociones e hice lo que se llamaba rama de biología fundamental, con mucha bioquímica, mucha química orgánica…

¿Cómo recuerda esos años de universidad?

No tengo muy buen recuerdo de la carrera. Eran tiempos en los que estaba la universidad en pañales, empezando a montarse, y con el sistema educativo de entonces te pasabas todas las clases cogiendo apuntes, aprendiéndote cosas de memoria y haciendo prácticas de laboratorio que se podían contar con los dedos de una mano. Con la honrosa excepción de las maravillosas clases de morfología y fisiología animal de Ana Rayo. Nada que ver con las universidades del Reino Unido, donde unos años después pude estudiar un curso académico en la Universidad de East Anglia con una beca del British Council. Cada clase era como si fueses a una ponencia magistral en un congreso y luego los alumnos tenían que ir a la biblioteca, leer, preparar proyectos y por las tardes hacer prácticas, tomar muestras en la laguna del campus… se desarrollaba la iniciativa y la creatividad. ¡Y la carrera duraba tres años!

¿Qué hizo al terminar Biología?

Cuando terminé la carrera, en 1975, me volví a Santander a casa de mis padres, después de cuatro años viviendo fuera. Había estado el verano anterior visitando el Centro Oceanográfico de Santander del IEO, me acordé y fui por allí. El IEO en aquellos tiempos no le decía que no a nadie, aunque solo algunos afortunados entraban con un contrato. Existía la figura del alumno libre. Llegabas, decías que te gustaba el tema que fuese y te ponían a leer y, si alguien experimentado necesitaba ayuda, con un poco de suerte empezabas a hacer algo práctico. Me acuerdo de que había un parque experimental de cultivo de almejas en Marnay, controlado por el IEO, que hacía el seguimiento de su dinámica de crecimiento. En ciertos meses del año se vendían las almejas y así fue como a Concha Mosquera y a mí nos empezaron a pagar 10.000 pesetas al mes en la época de cosecha.

Los inicios de Beatriz en el IEO. Junto a Puri Maté e Inés García de la Banda, otras dos alumnas libres, en un descanso durante un curso sobre el mar y su degradación en el Mar Menor en mayo de 1977.

¿Y en qué empezó a trabajar en ese tiempo?

Primero me pusieron con un investigador que trabajaba con bivalvos que me mandó leer, cuando me quejé por la falta de actividad me mandaron con otro que trabajaba con macroalgas encima de la lonja del barrio pesquero y, por último, terminé en la planta de cultivo del nuevo edificio ayudando con la producción de fitoplancton y rotíferos. Cuando llevaba más de un año allí, un compañero que tenía una beca de la Fundación Marcelino Botín para estudiar fitoplancton de la bahía de Santander se fue y me pasaron lo que le quedaba de beca. Y así empecé por mi cuenta, en plan autodidacta, con el fitoplancton. Luego obtuve una plaza de preparadora, que en aquellos tiempos era una suerte. Fue mi primer contrato fijo con la Administración.

¿Cuándo descubrió las algas tóxicas?

En 1976 hubo un episodio muy grave de intoxicación paralizante por consumo de bivalvos. Afectó a más de 200 personas de varios países europeos y, tras trazarse el origen del producto, resultaron ser mejillones de la ría de Pontevedra. Los países importadores impusieron a España que para poder seguir exportando tenían que implementar un sistema de vigilancia y control del fitoplancton potencialmente tóxico y de las toxinas en los moluscos. Así fue como, de repente, al IEO le llovieron 50 contratos de golpe, en enero de 1977, y se creó la Red de Observación Marítima, que nos dio trabajo a todos los alumnos libres y becarios que trabajábamos en precario. Esto me dio la posibilidad de ir varias veces al IEO de A Coruña y formarme con mis colegas María Jesús Campos y Joaquín Mariño. Este centro, con Jerónimo Corral desde Madrid como investigador jefe del programa con los americanos en la ría de Arousa, era La Meca del IEO. Recuerdo que, en el 1979, en cuanto me enteré de que en Galicia iban a hacer una campaña sobre plancton y medio marino, escribí a Jerónimo y le dije que quería ir a una, aunque fuese de ayudante de cocina. Y así fue como en el 1979 vine a Galicia a la primera campaña de mi vida, a bordo del Naúcrates.

¿Y ya se quedó en Galicia?

Volví a Santander, pero tenía una necesidad imperiosa de salir de allí y ver algo más. Le escribí una vez una carta a Ramón Margalef, que era un señor que, a pesar de ser una eminencia, contestaba a cualquier estudiante que le escribiera. Él me recomendó que fuese a un sitio con una atmósfera estimulante y me habló de varios laboratorios, entre ellos el de Plymouth. Y en el IEO, a pesar de que era preparadora, me pagaron para ir un mes a la Marine Biological Association en Reino Unido para formarme en cultivos de fitoplancton. Ese fue mi primer viaje a un laboratorio extranjero, pero luego vinieron otros.

¿Cómo surgió esa oportunidad?

Fue una beca del British Council. Tuve la suerte de que me manejaba bien con el inglés por haber estado allí el verano anterior trabajando de camarera, porque para darte la beca te hacían unas pruebas. En mi primera beca al Reino Unido trabajé con rotíferos durante tres meses en el Fisheries Laboratory en Lowestoft (hoy día el CEFAS) y de ahí saldría el primer trabajo que escribí y publiqué en una revista extranjera. Pero seguía con el fitoplancton en la cabeza y, poco después, volví al Reino Unido con otra beca del British Council y la Fundación Cañada Blanch, esta vez un año y para trabajar de lleno con el fitoplancton en la Universidad de East Anglia. Y al volver a España me dejaron venir a Galicia, porque en Santander, con el fitoplancton yo sola, no había muchas oportunidades de hacer nada.

Botadura del buque oceanográfico José María Navaz, en el verano de 1986, en el que Beatriz haría la mayor parte de su trabajo de campo en las Rias Baixas con la inestimable ayuda de Valentín, orgulloso patrón del Navaz (abajo, en el centro de la imagen con camisa blanca); Rafael Robles, el entonces director de Vigo (primero de la derecha); Toya Besada, actual directora (junto a Beatriz en el centro de la imagen)

Y por fin en Galicia, ¿empezó a estudiar las microalgas tóxicas?

Pues sí. Vine a Vigo en 1984 atraída por noticias del laboratorio nuevo en construcción. Además, yo todavía era preparadora y en Coruña se habían endurecido las normas… los preparadores a trabajar de preparadores. Hubo que cambiar el chip completamente. En Reino Unido había estado trabajando con fitoplancton de la ensenada sur del Mar del Norte, dominado por diatomeas, y al llegar a Galicia empecé a dedicarme a las especies productoras de toxinas, que eran sobre todo dinoflagelados, pues eran la prioridad por la amenaza que representaban para la salud pública y para los cultivos de mejillón cuando aún se sabía muy poco sobre qué especies causaban los problemas. Lo bueno es que en el año 1985 empezó un nuevo programa de colaboración con EEUU que había presentado mi colega Santiago Fraga. Fui dos veces al Bigelow Laboratory y una a Woods Hole, trabajamos intensamente en las rías de Vigo y Pontevedra y la situación se fue poniendo cada vez más interesante. Y así llegaron los organismos que se han convertido en mi pasión: los dinoflagelados del género Dinophysis.

¿Cómo empezó esa pasión?

Empezó en un congreso sobre dinoflagelados fósiles y vivientes en el Royal Holloway College de Londres. Hubo varias charlas que me inspiraron mucho. Allí estaba Marie Kat, que fue la primera en sospechar que ciertas intoxicaciones similares a gastroenteritis eran causadas por dinoflagelados. En otra  charla oí hablar por primera vez de los mixótrofos, especies de fitoplancton que se comportaban como animales y como plantas y se comían a otras especies, lo que revolucionaba la idea de la sucesión planctónica y los paradigmas tradicionales. Esto además coincidió con que a partir de 1985 hubo años de episodios muy fuertes de Gymnodinium catenatum y 1989 y 1990 fueron años de grandes anomalías hidroclimáticas con mucho Dinophysis, unas floraciones excepcionales, que me dieron la oportunidad de encontrar formas morfológicas que estaban clasificadas como especies distintas y que en realidad eran parte del ciclo de vida de la misma especie. Y así me fui enganchando a estas especies que, además, eran un tema de estudio prioritario en Galicia.

Beatriz con su principal herramienta de trabajo, un microscopio invertido con contraste de fases, epifluorecencia y otros sistemas ópticos incorporados., en el Laboratorio del Grupo de Microalgas Nocivas del Centro Oceanográfico de Vigo

No se doctoró hasta 2003, ¿qué ocurrió?

Al volver del Reino Unido tenía muchos datos de lo que había hecho allí, pero no había empezado a escribir nada. Quería con eso hacer mi tesis y me recomendaron que hablase con Marta Estrada, fitoplanctóloga del ICM-CSIC de Barcelona. Todo el mundo quería hacer la tesis con Ramón Margalef, que era el número uno de la ecología, pero alguien me aconsejó: “habla con Marta que es su discípula y es una mujer mucho más práctica. Margalef te va a liar la cabeza”. Así que fui a Barcelona y hablé con Marta en 1983… y acabé 20 años después. Y es que ser doctor no era en aquellos tiempos un requisito para investigar en el IEO. Además, al llegar a Vigo me tuve que sumergir en un tema totalmente distinto, luego llegó un hijo tras otro hasta tres. Así que el fitoplancton del Mar del Norte se quedó aparcado. Una vez que Marta vino a Galicia y me vio en mi huerta, que es mi auténtica pasión después de mi trabajo, me dijo: “tú verás, hija, la tesis o el huerto”. Marta me recomendó que hiciera la tesis sobre los artículos que estaba escribiendo de Dinophysis y en cuanto cambié el tema, fue a toda pastilla.

Háblenos de la importancia de estas especies…

Las microalgas nocivas son parte natural del plancton, no es nada extraño ni un fenómeno anómalo. El problema viene cuando ponemos cultivos susceptibles de acumular sus toxinas y ponen en evidencia un problema que había pasado desapercibido. Comúnmente a estos episodios se les llama mareas rojas porque alcanzan los millones de células por cada litro y el agua de mar se colorea de rojo, naranja, pardo… Pero resulta que las especies que más problemas producen en España no necesitan llegar a esas concentraciones, sino que dan problemas con concentraciones de unos pocos miles de células por litros, que no se ven a simple vista y que solo pueden detectarse si hay programas de seguimiento y controles.

En Galicia la acuicultura es una fuente de ingresos muy importante, que sustenta a una parte importante de la población, por lo que hay que tener un cuidado exquisito con que el producto que se exporta no vaya con toxinas. Por ello aquí cualquier proyecto dedicado a mejorar la predicción, el conocimiento y a facilitar la gestión de los episodios siempre ha sido bienvenido y es el lugar ideal para estudiar este tema.

Tomando muestras de agua en la Baia de Guanabara (Brasil) durante un curso de biología y ecología de floraciones algales nocivas en 2006, junto a Silvia Nascemento (UFRJ, Brasil)

¿Y ya son capaces de predecir los movimientos de estas especies al 100%?

Para los episodios normales de Dinophysis, que los hay todos los años, ya hay modelos de transporte que, unido a la cooperación con los vecinos de Portugal para saber qué está pasando allí, permiten predicciones a corto plazo. Lo que pasa es que a veces te llevas sustos, como este año en concreto. Siempre te pilla el toro de un evento inesperado. Este año hubo uno de Alexandrium minutum, una especie que normalmente no sale de la bahía de Bayona y que este año invadió la ría de Vigo, que se volvió color sangre. Fue un hecho totalmente inesperado, no lo supimos predecir. Ahora estamos analizando a toro pasado que factores pudieron promoverlo: un año especialmente cálido con un aporte extraordinario de lluvias en primavera a lo que se sumó, probablemente, el efecto retardado de los incendios masivos del otoño anterior.

Entonces, pese a ser eventos naturales, se ven favorecidos por la mano del hombre…

Sí, efectivamente. En algunas partes de la costa este norteamericana, los cultivos de tabaco se sustituyeron por granjas de cerdos y ahora relacionan el aumento de floraciones microalgales con el aporte de purines. Pero hay otros efectos humanos que no tiene nada que ver con el aumento de nutrientes. En la costa catalana se ha relacionado el aumento de mareas rojas con la multiplicación de puertos deportivos que restringen la circulación y forman auténticos criaderos donde se acumulan los quistes o semillas de algunas especies.

¿Es posible combatir a estas algas o simplemente adaptarnos a ellas?

Las que estudiamos aquí en Galicia, que no están asociadas a eutrofización y que ocurren de manera natural, no pueden combatirse. Solo se puede avanzar en la predicción. En Noruega hubo un proyecto hace años en el que creaban un afloramiento artificial inyectando por el fondo agua de los aportes naturales desde las montañas para favorecer la dispersión de las microalgas tóxicas hacia fuera del fiordo. Demostraron que se podía potenciar el crecimiento de diatomeas no tóxicas y reducir el crecimiento de los dinoflagelados tóxicos, pero luego no se ha aplicado rutinariamente. Supongo que no debe ser muy barato… Y en Corea del Sur, en bahías semicerradas, lanzan a presión desde grandes barcos arcillas a las que se adhieren las microalgas y las arrastran al fondo. Pero, además de ser caro, no hay mucha información sobre el impacto de esas arcillas sobre los organismos del fondo. También se ha hablado de guerra biológica, al estilo de soluciones que se aplican en tierra para plagas, etc. Pero el océano es un medio difícil de controlar y más aún predecir las consecuencias de estas medidas.

¿Están empeorando los episodios de algas tóxicas en Galicia?

Depende de qué especie y en qué sitio. Por ejemplo Gymnodinium catenatum, la especie más peligrosa, la que en 1976 nos dio trabajo a todos, ha sido un organismo muy impredecible. Tuvimos episodios en 1985, 86… así cada año hasta 1995 y, de repente, desapareció como los ojos del Guadiana y no volvió hasta 10 años después. Ahora es un organismo que en Galicia solo da problemas de vez en cuando, con poca intensidad y durante pocos días. Actualmente el problema perenne de todos los años es Dinophysis, los que yo estudio. La Xunta de Galicia tiene un programa muy sólido de control, con el que se intenta que se interrumpa la producción de bivalvos el menor tiempo posible y, mientras, investigamos para mejorar la predicción. El objetivo último es, mediante modelos operacionales y biofísicos llegar a predecir la llegada de las microalgas y problemas asociados de la misma forma que predices la meteorología… Pero no hay ninguna fórmula mágica para combatirlas.

Recibiendo el premio Yasumoto Life-time achievement Award, una talla en madera de Dinophysis acuta del Profesor Takayama, en la ceremonia de clausura del 18º Conferencia Internacional sobre Algas Nocivas, en Nantes, el 26 de octubre de 2018

Recientemente le han concedido el premio Yasumoto a toda su vida de trabajo en el campo de las microalgas tóxicas, ¿qué ha significado para usted?

Es un reconocimiento muy importante, pero es curioso que cuando ya tienes cierta edad eres más fría para estas cosas. Hace 20 años no habría podido imaginar que me tocara a mí, pero ahora ya uno está curado en salud y te preocupan más otras cosas. En cualquier caso, el premio Yasumoto tiene un gran valor simbólico para mí. Fue este genial químico de productos naturales quien describió el envenenamiento diarreico por bivalvos y el primero que lo relacionó con un dinoflagelado del género Dinophysis. A finales de los años 70 hubo un brote tóxico muy intenso en Sendai que Takeshi Yasumoto sufrió personalmente. El profesor no descansó hasta aislar y desvelar la sustancia que le causó la gastroenteritis al comer un marisco que, según le juraba y perjuraba el cocinero del restaurante, había sido cocinado correctamente.

¿Ha encontrado obstáculos en su carrera por el hecho de ser mujer?

Como becaria sufrí el acoso de un compañero. En aquellos tiempos si una becaria iba dando quejas de un científico salía trasquilada y, hasta hace muy poco tiempo, que el testimonio de una becaria mujer pusiera en peligro la vida privada o la carrera de un hombre de familia seguía siendo difícil. Hablando de la carrera puramente profesional, en la Administración yo no veo que haya discriminación en absoluto. Otra cosa es la empresa privada. Yo a veces incluso he sufrido discriminación positiva, porque en muchos casos, si había pocas mujeres en el mundo en que te movías al nivel que lo hacías, me ha supuesto una ventaja. Yo fui la primera mujer del IEO en ser jefa de un grupo de trabajo del ICES. Me lo propusieron en 1991 y me cogió desprevenida. Le pregunté a la persona que me propuso que por qué me elegían, que no me sentía muy preparada. Y su respuesta fue: “porque eres mujer y del sur. El ICES está dominado por hombres anglosajones y hay que poner alguna mujer. Y si es del sur mejor. Y si tienes problemas que te ayude tu marido”. Mi marido es inglés y es del gremio… pero sonaba muy mal igualmente.

Cenando durante la 11º Conferencia Internacional de Algas Nocivas junto a su marido Tim Wyatt en Ciudad del Cabo, Sudáfrica

Por último, ¿qué le diría a las mujeres y niñas que se sientan inspiradas por su trabajo?

Pensando en mujeres jóvenes que deseen formar una familia y al mismo tiempo desarrollar una carrera científica, que suele ser el gran dilema, les diría que no hay que renunciar a nada y lo más importante es la compañía que elijan en la vida. Porque, por desgracia, en la mayor parte de los casos la mujer piensa que lo que hace su marido es más importante que lo que hace ella y en cuanto se acepta que tu trabajo es menos importante que el del otro, se acabó. Así que, regla número uno: elige un compañero que te respete, que te apoye y para el cual tu trabajo sea, por lo menos, tan importante como el suyo.

Un proyecto de:
ieo
Con la colaboración de:
FECYT