Ana Ramos: 30 años estudiando la biodiversidad del bentos entre África y la Antártida

“Una vida sin obstáculos debe ser muy aburrida”

Ana Ramos nació en 1950 y creció en lo que antes era un pueblo marinero de Málaga. El patio de su casa se abría directamente al Mediterráneo, lo cual marcó su vida desde muy pequeña. Sin embargo, tras estudiar Ciencias Biológicas en Granada y unos años de gran sacrificio hasta obtener una plaza en el Instituto Español de Oceanografía, serían otros mares los protagonistas de su trabajo: el Antártico y las costas de África. Participó en la primera expedición española al continente helado en 1986 y desde entonces, a lo largo de más de 20 años, coordinó un proyecto para el estudio de la biodiversidad de los fondos marinos de la Antártida Occidental. Paralelamente, trabajó en la gestión de las pesquerías profundas del noroeste africano y, junto a su equipo, fue pionera en introducir el estudio del bentos de forma sistemática en estos países. A sus 68 años por su cabeza no pasa la idea de retirarse. Mientras tenga fuerza, seguirá trabajando en aras de proteger la biodiversidad de los fondos marinos de África y apoyando la capacitación de científicos africanos.

Glosario

Bentos
En ecología se llama bentos a la comunidad de organismos que habitan el fondo marino. Estos organismos se dice que son bentónicos y las personas que los estudian son bentólogas y bentólogos.

Biodiversidad: es el conjunto de seres vivos que habita un lugar determinado y los procesos naturales que la conforman, resultado de miles de millones de años de evolución.

Otolitos: son unas estructuras de carbonato cálcico que tienen los peces en su oído y que les otorga el sentido del equilibrio. Estas estructuras crecen de forma concéntrica por lo que son utilizadas por los científicos para conocer la edad de los peces, al igual que se hace con los árboles.

Túnidos: se llama así a los peces del género Thunnus, más conocidos como atunes.

Posidonia: es una planta acuática (no un alga) que solo vive en el Mediterráneo y que forma enormes praderas con una gran importancia ecológica.

CECAF: son las siglas del comité de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) que se encarga de promover la gestión sostenible de las pesquerías de las aguas atlánticas de África Central (desde Marruecos  hasta la República Democrática del Congo).

Aproximación ecosistémica: es una metodología que pretende estudiar las poblaciones de una especie teniendo en cuenta el complejo sistema de interacciones que ésta tiene con otras especies y con su entorno.

Arrastre demersal: técnica de muestreo que consiste en arrastrar una red por el fondo y capturar los organismo que viven en él.

 

 

¿Cómo empezó tu interés por el océano?

Me he criado en lo que antes era un pueblo marinero de la costa de Málaga y vivíamos en una casa cuyo patio daba al mar. Los años pasados allí, a orillas del Mediterráneo, te marcan, aunque no te des cuenta.

¿Y qué decidiste estudiar?

Durante los años en que realicé mis estudios universitarios, entre el 68 y el 72, no existía la carrera de Ciencias del Mar, ni nada parecido. Solo en la Universidad de La Laguna creo que podía estudiar una especialidad de oceanografía. Ni siquiera existía en esos años Ciencias Biológicas en Granada, donde yo estudié. Así que el primer año de carrera, que entonces era común, lo tuve que cursar en la Facultad de Farmacia, y ya en segundo continué en Biología. La mía fue la primera promoción. Justo hace unos meses acaba de celebrarse el 50 aniversario de la creación de los estudios de Ciencias Biológícas en la Universidad de Granada.

¿Cómo recuerdas tu etapa en la Universidad?

Fantástica. Yo me crie en una familia muy grande, siempre un poco ‘apretada’. Era de Málaga y me fui a vivir a Granada… por fin tenía espacio y una libertad magnífica que aproveché para hacer muchísimas cosas, además de estudiar, claro. Las ciencias experimentales no me gustaban demasiado, aunque estuve a punto de entrar en Genética. Fui alumna interna en este departamento, teníamos un profesor muy bueno y conseguí una beca para hacer el doctorado… pero a mí me gustaban las ciencias de campo y en especial las ciencias marinas.

¿No aceptaste la beca de doctorado finalmente?

No. Me casé, tuve dos hijos y acabé en Madrid. Intenté trasladar la beca que me habían concedido a la Universidad Complutense de Madrid, pero no lo conseguí. Creo que es algo que en el fondo, nunca me importó. En ese tiempo estuve dedicada a la enseñanza privada hasta que en el año 79 volví a Málaga.

¿Y allí comenzó tu carrera investigadora en Ciencias del Mar?

Tenía clarísimo que quería dedicarme a la investigación marina y en Málaga capital, exactamente en el Paseo de la Farola, estaba el Oceanográfico, que unos años más tarde se trasladaría a Fuengirola. Fue una época muy, muy difícil, estaba recién separada, tenía dos niños pequeños y solo encontraba trabajos esporádicos de tipos muy variados. El 1 de octubre de 1981 decidí que iba a presentarme en el Oceanográfico, decir que quería trabajar allí y que iría todos los días hasta conseguirlo. El director de entonces me aconsejó que me fuese a mi casa, que tenía dos hijos que cuidar, pero obvié el comentario y fui todos los días como si fuese una obligación.

¿Y no cobrabas?

Iba, simplemente. Iba todos los días, sin fallar uno solo. Casualmente coincidí con mi compañero Enrique Alot, en las mismas circunstancias. Nos pusieron una mesita en el sótano y allí estuvimos, leyendo y estudiando muchísimo tiempo. Hasta que al cabo de los meses bajó un investigador, Jesús Crespo concretamente: “bueno, tengo que montar unos otolitos de besugo, subid y echáis una mano”. Yo lo hice mejor que los propios técnicos y poco a poco la gente iba requiriendo tu ayuda. Así estuve desde 1981 hasta 1986, casi seis años, prácticamente sin cobrar nada. Me pagaban algo por ir a las 4 de la mañana a la lonja a muestrear, situación que me exigía hacer malabares teniendo los dos niños pequeños, y algún dinero del equipo de túnidos. Mi exmarido me ayudó mucho en aquellos duros años.

A finales de 1985 el IEO convocó una oposición para una plaza, fui a Madrid a los exámenes, en contra de la opinión generalizada de mis compañeros que pensaban que solo iba a tirar el dinero, y, aunque el puesto estaba previsto para una persona determinada, acabé sacándola yo y entré de preparador, lo que ahora se llama ayudante-técnico.

¿Qué trabajo empezaste hacer ya con tu plaza de técnico?

Pues justo cuando saqué la plaza el Instituto estaba organizando la primera expedición española a la Antártida. Aunque era técnico y la convocatoria de participación era solo para investigadores, solicité ir en el caso de que sobrasen plazas y, efectivamente, sobraron y todos los que lo solicitamos fuimos, independientemente de nuestra categoría profesional.

Ana Ramos a bordo del buque arrastrero Pescapuerta Cuarto durante la expedición Antártida-8611

¿Cómo recuerdas esa primera campaña en la Antártida?

Esa campaña de 1986 nos marcó a todos y a mí en particular. Era una campaña de prospección pesquera, que convertimos en una campaña multidisciplinar en la que se cubrieron múltiples objetivos científicos. Participamos cuatro mujeres del Oceanográfico, que entonces no pensamos que íbamos a ser pioneras antárticas. El jefe de esa campaña, que ahora es el director del IEO, Eduardo Balguerías, me permitió que, además de los trabajos de pesca, me dedicase al muestreo del bentos. Y yo me dediqué a estudiar el bentos, esos invertebrados que viven en los fondos marinos, casi todos absolutamente incomestibles, que es lo que me había encantado siempre y hacia cuyo estudio he tratado siempre de dirigir mi carrera. Y eso se convirtió en el inicio de una larga trayectoria de investigación, en el origen de un proyecto nacional que dirigí durante más de 20 años cuyo objetivo fue el estudio de la biodiversidad del bentos de la Antártida occidental: el proyecto Bentart.

¿Así empezó tu interés por el estudio del bentos o viene de antes?

En realidad no. Siempre me había gustado y ya en la época de “negra”, antes de sacar la plaza, tratamos junto al grupo de Geología de Málaga de abrir una línea de investigación sobre Posidonia del Mediterráneo. Pero en aquella época el bentos no era algo prioritario en el IEO… y en realidad tampoco lo era cuando volvimos de la Antártida. Sin embargo, el Instituto, aunque yo era preparadora, me permitió mantener un proyecto de investigación, muy básico, pero que sirvió para organizar y consolidar un equipo de bentólogos y desarrollar un proyecto pionero por aquellos años.

¿Cuánto tiempo duró el proyecto Bentart?

Desde el año 1987 hasta 2010, cuando empezó la crisis. He sido siempre la coordinadora del proyecto y jefa de tres de las cuatro campañas antárticas Bentart, hemos participado en todas las convocatorias del Ministerio y nos hemos mantenido todo el tiempo con fondos del Plan Nacional, de la antigua CICYT. Aunque el IEO lo apoyaba a nivel estructural, Bentart se ha mantenido con financiación externa desde 1991. Ha sido un proyecto muy importante: en él han participado entre 35 y 40 investigadores de más de 20 universidades y centros de investigación españoles y cerca de 15 centros internacionales europeos y de América Latina. Hemos hecho cuatro campañas en el Hespérides y, lo más importante, hemos mantenido un equipo de gente extraordinario. A día de hoy, aunque se acabasen las campañas por motivo de la crisis, se siguen publicando trabajos con datos de aquellas expediciones.

¿Cuáles han sido los mayores descubrimientos en la Antártida?

Se han descubierto más de 50 especies nuevas para la ciencia de grupos faunísticos muy diferentes, se ha descrito el patrón de distribución de la biodiversidad del bentos a lo largo de la Antártida Occidental hasta el mar de Bellingshausen, una zona remota e inexplorada anteriormente; hemos producido casi 300 publicaciones, otras tantas comunicaciones en diversos foros científicos, varios libros y documentales, uno de ellos para TVE. Y sobre todo, hemos consolidado un equipo de científicos nacionales expertos en la investigación de la biodiversidad de la Antártida, de la cual España carecía a principios de los 90.

En el mar de Bellingshausen a bordo del Hespérides durante la campaña Bentart-2006

¿Cuándo empezó tu interés por África?

Como decía antes, el bentos en general y el de la Antártida en particular, no eran en las décadas de los 80 y 90 líneas de investigación prioritarias para el IEO. Por eso, aunque mi Instituto siempre dio cobertura institucional al proyecto Bentart, tenía que cumplir paralelamente con otras tareas relacionadas con proyectos de pesca, concretamente las pesquerías demersales del área CECAF (África Centro-Oriental). Asistía a negociaciones de acuerdos de pesca, a grupos de trabajo de evaluación de la FAO, etc. Así que compaginaba la investigación de la biodiversidad de la Antártida con la investigación pesquera en África. Claro, que tuve en el laboratorio de Fuengirola a una compañera, Lourdes Fernández, de excelencia a todos los niveles.

¿Cuándo cambiaste el enfoque de tu trabajo en aguas africanas de la investigación pesquera pura y dura al estudio de la biodiversidad del bentos?

Eso ha sido bastante reciente. Desde la experiencia de la Antártida siempre he querido hacer algo parecido en África, pero cuando yo empecé a trabajar allí en el año 1988 el IEO no hacía campañas propias en la zona africana. Así que la única información disponible la obteníamos de los barcos de pesca, cuando había observadores, o directamente en los puertos, cuando no había otra opción. En 1990 tuve la oportunidad de dirigir una campaña de prospección pesquera de la FAO en el Golfo de Guinea, la Guinea-90, en la que recogimos información sobre el bentos y en base a la cual intentamos abrir esa línea de investigación. Pero si el bentos no era prioritario en el IEO, imagínate en África, donde los proyectos de investigación marina tienen obviamente como único objetivo el estudio de los recursos pesqueros, de los que depende la seguridad alimentaria de una gran parte de su población.

¿Cuándo empezó entonces a ser la biodiversidad del bentos un objeto de estudio prioritario en África?

Ya en la década de los 2000, la Secretaría General de Pesca encargó al IEO la coordinación científica de una serie de campañas de prospección y evaluación de recursos demersales  en el Atlántico e índico africano a bordo del Vizconde de Eza. Entre 2002 y 2010 hemos realizado más de 20 campañas en Marruecos, Mauritania, Guinea-Bisáu, Namibia, la dorsal de Walvis y Mozambique. En esas campañas de pesca ya pudimos poner en marcha una metodología para la recogida de material y de toda la información sobre el bentos de forma sistemática. Durante esos años, hasta 2007, seguí vinculada a los proyectos de pesca y, en 2008, coincidiendo con la puesta en marcha del proyecto Ecoafrik y la firma de un convenio de colaboración entre el IEO y la Universidad de Vigo, me centré al 100% en la biodiversidad del bentos africano. Fue un gran esfuerzo profesional y personal que me llevó a trasladarme al Centro Oceanográfico de Vigo para estrechar la colaboración con la Universidad y sacar adelante el proyecto.

A bordo del buque Dr Fridtjof Nansen durante la campaña de Cabo Verde en junio de 2011

¿Cómo se tomaron vuestros socios africanos ese cambio de enfoque de investigación pesquera a estudiar la biodiversidad?

Todavía estamos luchando para abrir ese campo de investigación con los países africanos. Nos está costando un montón y prácticamente queda todo por hacer. En 2008, coincidiendo con la puesta en marcha de Ecoafrik, la FAO puso en marcha el programa EAF-Nansen, cuyo objetivo es implementar la aproximación ecosistémica en la gestión de las pesquerías de los países en desarrollo. Aprovechando esta coyuntura, redoblamos nuestra apuesta por el estudio de la biodiversidad del bentos y de los ecosistemas vulnerables, cuya conservación es una parte fundamental de la aproximación al ecosistema que promueve la FAO. Pero llevamos 10 años y sigue siendo un reto permanente. Porque nuestro objetivo no solo es investigar y sacar publicaciones fantásticas, sino capacitar a los científicos africanos en las destrezas básicas para que sean capaces de llevar a cabo de forma autónoma estudios sobre biodiversidad de forma sistemática. Y es difícil explicar la importancia de esa fauna marina, casi toda ella “inútil” y no comestible.

¿Y después de 2010 habéis seguido asistiendo a campañas en África?

Las campañas del Vizconde de Eza se terminaron con la crisis en 2010, la Maurit-1011, que dirigí a finales de ese año, fue la última. Pero con posterioridad, yo o mi equipo, hemos participado en otras muchas campañas a bordo del antiguo barco de investigación de la cooperación noruega Dr Fritjof Nansen en aguas africanas. Unas han estado dirigidas a la prospección de recursos pesqueros, otras dedicadas al estudio de hábitat vulnerables, sobre todo en las montañas y bancos submarinos de Sudáfrica y Namibia.

Me gusta resaltar siempre que las campañas de arrastre de fondo dan para mucho. Los estupendos resultados que hemos obtenido -y que seguimos obteniendo- sobre la biodiversidad del bentos se basan en las colecciones y datos recogidos en este tipo de campañas. Lo único que se necesita es una planificación previa del trabajo específico a realizar a bordo y medios humanos y materiales para desarrollar el enorme trabajo posterior en tierra.

Pero, por ejemplo, el libro sobre los ecosistemas profundos de Mauritania que publicamos en Springer en 2017, son exclusivamente el resultado de las cuatro campañas de pesca que el IEO realizó en la zona entre 2007 y 2010. Nuestro objetivo actual es que en todas las campañas de arrastre demersal que se realicen en África se aplique esta metodología y se aproveche al máximo el tiempo de barco. Precisamente ahora estamos trabajando con el Instituto de Investigación Pesquera y Oceanográfica (IMROP) de Mauritania para ayudarles a aplicar nuestra metodología en sus campañas.

Ana Ramos junto a colegas africanas en una reunión de la FAO en Dakar en junio de 2018

Y en cuanto a la capacitación de científicos africanos, ¿estáis obteniendo resultados?

Empezamos a recoger algún fruto. Durante los últimos cinco años hemos tenido financiación de la Fundación suiza MAVA, que acabará ahora en septiembre, gracias a la cual hemos podido contratar a un grupo de investigadores que ahora se han convertido en auténticos especialistas en bentos africano, además de un gran apoyo de cara a las tareas de formación. Casualmente todas son mujeres y son excelentes taxónomas, una disciplina muy difícil y que exige mucho tiempo y mucha paciencia. También tenemos desde 2014 varios alumnos africanos trabajando con nosotros que realizan sus tesis, cursos de master y estancias anuales de cuatro o cinco meses en Vigo. Pero todo lo llevamos a cabo a base de un gran esfuerzo, pues siempre tenemos enormes dificultades para conseguir financiación. No existe una línea clara para la obtención de fondos ni en la FAO, ni en la EAF-Nansen, ni en la AECID, … y solo se consigue, en el mejor de los casos, a base de mucha gestión y muchas solicitudes que se lleva por delante una buena parte de mi tiempo.

¿Te has encontrado obstáculos en tu carrera por ser mujer?

Me he encontrado los obstáculos propios… Y no sé, supongo que sí, que me he encontrado obstáculos por ser mujer, pero no he sido demasiado consciente porque siempre he tirado hacia adelante. He criado a cinco hijos, dos naturales y tres hijas que adopté en solitario en el Tercer Mundo. Precisamente elegí adoptar mujeres para poder darles la oportunidad que no iban a tener en sus países de origen por el hecho de serlo. Ha sido una etapa compleja, pero apasionante, solo es cuestión de tener claras tus prioridades y sobre todo de organizarse. Soy una persona muy optimista que nunca ve los obstáculos, o que si los ve siempre piensa en que hay una forma de resolverlos. Soy una luchadora y me encantan los retos. Los obstáculos están ahí, son parte de la vida y una vida sin obstáculos debe ser muy aburrida.

Ana Ramos junto a sus cinco hijos en 2007

¿Te queda mucho para jubilarte?

Voy para 69 años, estoy reenganchada y me jubilaré cuando me vaya de vacaciones de Navidad en 2019, ya que cumplo años el 4 de enero. Pero seguiré, tengo un sitio en la Universidad de Vigo, trabajando en la biodiversidad de África hasta que no aguante más. Nos queda mucho futuro, un equipo magnífico que mantener, buenas perspectivas de financiación del programa de capacitación regional, alumnos africanos que confían en nosotros, tesis, publicaciones, … Por supuesto que seguiré en la investigación porque esto es vocación y pasión y no se acaba con un trámite administrativo.

Por último, ¿qué le dirías a las mujeres y niñas que se sientan inspiradas por tu trabajo?

Que la vida es siempre una lucha y que luchar es lo que la hace interesante y valiosa. Si tienen claro que les gusta la investigación marina, que tiren adelante y que piensen que los obstáculos están para superarlos y no para que te echen para atrás. Las mujeres podemos hacer todo, a la vista está.

 

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