Eli Muñoz y los ‘cangrejitos’

12.noviembre.2018

Me crié oliendo a sal. Mis días transcurrían entre jogaillas* a la orilla del Guadalquivir, en Sanlúcar, rodeada de chiquillas y chiquillos, y mis noches entre ceazos* y cangrejitos junto a mi padre. Adoraba esos cangrejos. Crecí y quise conocer los secretos del mar; no solo a sus habitantes, también quería saber de qué está compuesto, cómo se mueven las olas, qué ecuaciones explican las corrientes, quería conocer su suelo, su aire, sus usos, sus relaciones con nosotras. Y ahora, quiero conservarlo, protegerlo y agradecerle todo lo que nos aporta.

Estudié Ciencias del Mar en Cádiz y tras trabajillos de pizzera, profe en academias, bares, albañila y otros estudios menos divertidos (administración y finanzas), tuve suerte y el Instituto Español de Oceanografía se cruzó en mi camino. Y digo que tuve suerte porque me dio la oportunidad de acercarme al mar desde otro lado, desde la investigación. Entré con una beca de formación, luego estudié oposiciones y aprobé y, desde el 2007, soy ayudante técnico de investigación. No siempre ha sido fácil. En estos 15 años que llevo en el Oceanográfico he estado en varios centros (Fuengirola, Cádiz y Santander), en diferentes equipos de trabajo y funciones, desde estudiar a las larvitas y huevos de peces en ictioplancton*, hasta identificar lo que comen los peces. También he tenido que estudiar mucho (y sigo haciéndolo) y no siempre ha dado sus frutos.

Y me preguntan muchas veces:

– ¿Qué tiene el mar? ¿Qué hace que a pesar de los mareos, del cansancio, de la distancia y del tiempo fuera de casa, quieras seguir embarcando? ¿Qué hace que a pesar de los pesares y de lo complicado que es hacer ciencia en estos días quieras seguir en ello?

– Pues mirar al horizonte y ver agua, solo agua. Y sentir la paz que me trae la fuerza y energía del mar. Pero no sólo eso, deja que te cuente:

Un día, allá por el 2007, esos cangrejos que tanto amaba de pequeña volvieron a mi vida, pero ahora para que les pusiera nombre. Me dieron la oportunidad de trabajar en el equipo de pesquerías africanas y meterme a fondo en el mundo de los crustáceos decápodos (gambitas, langostinos, cangrejos, cigalas, ermitaños, etc.). Y apareció en mi vida la taxonomía. ¿Qué de qué se trata? Pues de identificar y clasificar a los seres vivos, en este caso animales marinos, decir cuál es su nombre, a qué familia pertenecen… igual que con nosotras. Por ejemplo, decimos que esta niña es de la familia Muñoz, pues con los crustáceos lo mismo: esta gamba es de la familia Aristeidae, así de sencillo y complejo a la vez. Gracias a la taxonomía podemos saber cuántas especies diferentes existen en cualquier zona, desde los animales más grandes hasta los más pequeños. Y todos son importantes. Como nosotras, todas somos importantes y necesarias, pues los animales también, todos son imprescindibles en sus ecosistemas. Y por eso, todos deben ser protegidos.

Un ‘cangrejito’ llamado Lithodes mamillifer

Mucho más tarde, en uno de mis cambios de ciudad, entré en el equipo de ecología trófica de Santander que, dicho de otra manera, es saber quién se come a quien. Y así pude aprovechar la taxonomía para identificar lo que hay dentro de los estómagos de los peces. ¿Y sabéis qué descubrí? Pues lo mismo que ya pensaba, que todos los seres vivos son importantes y que unos no pueden vivir sin otros, ni nosotras sin ellos.

 

*jogaillas: ahogadillas

*ceazo: cedazo (instrumento de pesca compuesto por un aro y una red con el que se separan los pececillos, cangrejos, gambas, etc. Es como un colador grande con una red.

*ictioplancton: huevos y larvas de peces que son desplazados por las corrientes y no tienen capacidad de moverse de manera independiente

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